martes, 5 de febrero de 2013

La Marca Del Meridiano - Lorenzo Silva

Ya me he despachado la sexta y última (por ahora) entrega de las aventuras del brigada Bevilacqua y la sargento Chamorro, investigadores de la unidad central de homicidios de la benemérita, obra galardonada con el premio Planeta de novela de 2012.
 
Sin que esto suponga demérito para el libro, me gustaría hacer un comentario malicioso sobre la naturaleza del premio que lo acredita. Asistimos, desde siempre, pero en los últimos tiempos de manera más acentuada, al espectáculo de un galardón literario que se otorga a profesionales altamente consagrados (Vargas Llosa, Mendoza, Silva…) por obras que se prevé que van a ser un bombazo comercial y que, esto es lo más chocante para mí, se falla por un jurado en el que ninguno de sus miembros puede fingir, por más morro que tenga, que desconoce la procedencia de la novela. ¿Cómo va a ser tomada como anónima si forma parte de una serie?. Por lo tanto, no adivino cuál es el objetivo del fingimiento de escoger entre trescientas obras presentadas, si el premio ya está adjudicado de antemano. No soy capaz de imaginar al empresario de la editorial diciéndole a un autor célebre y prestigioso: tú prueba y preséntate, que a lo mejor ganas o tal vez no, porque la competencia es mucha. Bueno, Planeta es una empresa privada y de lo suyo gastan, pero esta pantomima que cubre de oro a un gran escritor, lo impregna también de un indisimulable tufillo a tongo. Me divierte pensar qué pasaría si entre los pardillos que se presentan y que realmente no compiten, se hallara uno que hubiera escrito un nuevo “Cien años de soledad”.

Hecha esta salvedad, tengo que admitir que “La marca del meridiano” es, una vez más, por descontado, un libro interesante y muuuy entretenido, con un gancho irresistible, que uno casi lee de un tirón si no tiene obligaciones perentorias que se lo impidan. A mí, debo tener la tarde tocapelotas, usando la perspectiva de haber leído la serie completa, los dos últimos, “La estrategia del agua” y éste, son los que menos me agradan, por razones que luego expondré. Los cuatro primeros, incluido el de relatos cortos “Nadie vale más que otro”, los disfruté muchísimo. Los dos más recientes, no es que no me hayan gustado, pero lo que incorporan me vale menos que lo que descartan.
Vamos con “La marca del meridiano”: el jubilado subteniente Robles, amigo y mentor de Bevilacqua, según se nos dijo en “La reina sin espejo”, aparece en La Rioja, lejos de su morada barcelonesa, colgado de un puente. Ha sido torturado y asesinado en una especie de brutal ajuste de cuentas. A Bevilacqua, Vila para los amigos, y a su fiel Chamorro les toca, muy a su pesar, emprender una investigación que se les va a complicar y a ramificar hasta lo indecible. El caso es como si te hallaras con la más pequeña e interior de una sucesión de muñecas rusas y tuvieras que ir tirando hacia afuera, topando con envolturas que son muñecas cada vez más grandes, pesadas y poderosas. Se abarcan sucesivamente horizontes más ominosos: asuntos internos de corrupción dentro de la guardia civil, distribución de drogas, esclavitud sexual de mujeres inmigrantes… hasta llegar a un malo malísimo internacional, que se arroga el derecho de vida o muerte sobre las personas, incluyendo sus propios sicarios prescindibles. Una trama compleja que Silva narra con su pericia habitual en una novela un poco más sombría que de costumbre.
A lo que me refiero, cuando digo que las dos últimas entregas me gustan un poco menos, es a que Chamorro y Vila han envejecido sin acabar de crecer como personajes. Chamorro se caracterizaba por una vivacidad que ha desaparecido, no tiene vida personal y es un caso de adicción al trabajo, se ha vuelto más opaca y, en lo que se refiere al pobre Vila, lo veo menos sentencioso y más derrotado, tuvo en el anterior libro un desengaño con un juez (que no se acaba de detallar), estuvo a punto de dejar el tricornio y desde entonces no es el mismo hombre. En esta última entrega cuenta algo de las intimidades de su pasado y, o yo he leído demasiada novela negra y policiaca, o es un cliché sentimental poco convincente, pero al menos ya sabemos lo que le pasó en Barcelona, años atrás cuando estuvo en la frontera del lado oscuro, frontera que el asesinado Robles traspasó. También habla de cuando servía en el País Vasco, contra unos enemigos a los que no se corta (y esto me encanta) de llamar alacranes. Toma Jeroma.
Otro aspecto que me gusta menos es que las investigaciones ya no se basan en pelos, huellas y manchas de sangre, con su clásico atractivo, sino en seguimiento de móviles, cuentas de Facebook, correos electrónicos y otras variadas lindezas tecnológicas de última generación, que hacen las investigaciones más complejas y farragosas, qué le vamos a hacer, el mundo se ha vuelto así, pero uno echa de menos las artimañas deductivas de los viejos detectives, basadas en el arma homicida y la falta de coartada. Para hacer frente a la complejidad añadida, se ficha a un nuevo personaje, el guardia Arnau que, la verdad, es un ser muy apagado y aporta poco a la trama.
Aquí vemos el arco que marca el meridiano
Por cierto, el título “La marca del meridiano” se refiere a un vistoso arco que hay en la autopista entre Madrid y Barcelona, en pleno desierto de Monegros, alzado para señalar el paso del meridiano de Greenwich que divide los hemisferios: Barcelona queda en el oriental y Madrid en el occidental, aunque no me quedó claro qué significado le quiere dar el autor a ese hecho. Si tuviera que resumir el libro en una frase, usaría la de “literatura de entretenimiento de altísimo nivel. Aunque la serie ha pasado por mejores momentos, no defrauda”.

  

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