Es innegable que la novela histórica está de moda. Las librerías desparraman en sus tableros y en los expositores frente a las lunas de los escaparates, títulos de última hornada, títulos de éxito entre los que destacan "La influencer de Auschwitz" de Catalina Valltordera, "Sodomía en los Tercios de Flandes" de Unai Expósito y "Una grumete junto a Sir Francis Drake" de Bibiana Torquemada. Pero la obra que traemos hoy de la mano del ojo crítico es la aclamada "Las monjas guerrilleras", galardonada con el premio Ciudad de Barbuñales, de la veterana autora Crescencia Pulido, una incursión en la mal llamada Guerra de Independencia Española frente al invasor francés. Esto queda muy claro desde el principio del libro, pues Napoleón emprende simplemente una operación militar especial para desnazificar el reino de España. No obstante, pese a sus buenas intenciones, fracasa al encomendar tan noble empresa a una cuadrilla de borrachines, violadores, inútiles y abusones que enseguida se ponen a la altura de los deleznables opresores de los que el gran emperador quería librarnos. En el sitio de Zaragoza, que destruirá casi completamente la corrupta ciudad, hay una negra derivada que la autora centra en el cerco de Pedrola, menos conocido, pero también muy sanguinario e igualmente destructivo. Un personaje, el infame mariscal Beurrencul, no sólo secuestra a la bella e inocente Pandorita, sino que abusa de ella, entregándola a los apetitos de su amado caballo Cabalgón. Pero el malvado ignora que la pobre y desdichada niña cursaba estudios en el colegio de las monjas del Sagrado Yeyuno de Cristo y todavía no había abonado las dos últimas mensualidades. Para qué quieres más, Beurrencul, te la has cargado, pero bien. Las intrépidas monjitas, amparadas en su aparente carácter inofensivo y su inocencia, consiguen robar en un polvorín francés, de donde salen cargadas de mosquetones ocultos bajo los hábitos. Las monjas devenidas en guerrilleras, consiguen liberar a Pandorita, le cortan las criadillas a Cabalgón y entregan al nefasto Beurrencul a sus superiores para que lo castiguen como merece, por haber sido un invasor poco comprometido con el progreso que nos brindaba Napoleón y sus amables reformadores.
El libro es ágil y ameno, Pandorita es un personaje entrañable, aunque no logra sobreponerse al trauma de haber sido forzada por los apetitos de un caballo. Las monjitas tienen personalidades muy villanas y peseteras, aunque la autora hace mofa de ellas, convirtiéndolas en personajes muy cómicos, sobre todo la incontinente sor Pipí. Con Beurrencul, la autora traza un retrato de un malvado absolutamente perfecto, dando al lector la satisfacción de verlo guillotinado en la plaza de Cadrete entre la rechifla del gentío.
Un par de pequeños inconvenientes no acaban de desmerecer la enorme calidad de la obra. Uno es la elección del tema de la novela. No es apropiado traer hoy en día la temática del conflicto de dos países que pertenecen al indisoluble hermanamiento de la Unión Europea. Y el otro es una pequeña serie de anacronismos que lastran la verosimilitud de la obra, aunque claro, pueden ser licencias que se toma la autora en beneficio de la fabulación. En aquella época no había línea férrea entre Zaragoza y Pedrola, así que los soldados franceses hubieran sido incapaces de volarla. Los combatientes vascos no podían traer al frente una ikurriña, pues faltaban cien años para que fuera diseñada y, por último, la manía de Beurrencul de ir siempre recién rasurado, no podía llevarse a cabo con una afeitadora eléctrica, pues en aquel entonces no había dónde enchufarla. Aparte de estos detalles sin importancia, el relato funciona y fluye cronométricamente hacia un final, no por esperado menos sorprendente.

