domingo, 14 de junio de 2026

El río Gas

 Me llamó la atención el poema de Pessoa en el que compara ventajosamente el río que pasa por su pueblo con el Tajo, más grande, más importante, más caudaloso, pero con la desventaja de que no es el río de su pueblo.

En mi pueblo de nacimiento hay dos ríos, el que sale en las geografías de España que antes nos teníamos que aprender, el río Aragón, que dio su nombre al reino homónimo, y el río Gas, mucho más modesto, que no figura ni siquiera en la guía "Los 100 riachuelos más insignificantes de la provincia de Huesca".

El río Gas abraza la ciudad de Jaca por el Sur, mientras el río Aragón lo hace por el Norte. En mi niñez, ambos quedaban como a un kilómetro del casco urbano. En la actualidad, se ha edificado tanto y de manera tan desordenada, que ya no sería capaz de decir a qué distancia se encuentran.

El aludido casco urbano se halla en una pequeña elevación entre ambos ríos, de modo que para bajar al río Gas, era necesario descender una breve cuesta, tras la cual se accedía al Campo de Deportes Oroel, sede del club de fútbol Jacetano, un equipo más que modesto. Alguna tarde, bajando al río, entrábamos al campo, que tenía un magnífico césped siempre verde y nos quedábamos a ver el entrenamiento del equipo. Equipo del que solo recuerdo la peculiaridad de que tenía un portero tuerto: si le tiraban por la derecha, era magnífico en sus estiradas, mas como el balón se encaminara a la izquierda, no pillaba una. Los equipos adversarios lo sabían y siempre trataban de lanzar hacia este lado. Si el campo no estaba abierto, proseguíamos un breve camino que nos llevaba a la orilla del río.

Una glera de cantos rodados nos daba la bienvenida. La corriente era siempre de poco caudal. No quiero ni imaginarme cómo estará ahora que llueve bastante menos que cuando yo era crío. Había muchos renacuajos, a los que llamábamos cabezudos y que eran muy fáciles de capturar, pobres, los llevábamos a casa en un tarro y se morían a los dos o tres días, a lo sumo. También hallábamos en la corriente, más bien mansa, unas algas de color verde brillante, que conocíamos como babas de rana.

El imán que nos llevaba al río Gas era el baño en dos pequeñas pozas, allí las llamábamos badinas, a las que les dábamos los nombres de "la Bomba" y "el Cañón". En el Cañón había una gigantesca losa, probablemente artificial, quizá de hormigón, que sobresalía del cauce por la orilla derecha. El agua cubría poco más de medio metro y allí nos tendíamos boca abajo durante largos ratos para refrescarnos. Nadar, lo que se dice nadar, se podía nadar apenas unos metros en la Bomba, cuya profundidad era objeto de mitificación entre los chavales de Jaca. Algunos llegaban a decir que, en lo más hondo, era de hasta cinco metros, cosa que hoy creo del todo improbable. De todas formas, había un promontorio en la orilla izquierda, para tirarse de pie. No vi a nadie tirarse de cabeza. 

Durante las tardes de verano, en la glera reverberaba un fulgor insoportable. Habíamos llegado hasta allí con mi amigo Enrique y extendíamos un par de toallas desgastadas y descoloridas. Lo primero que hacíamos, era inspeccionar el entorno por si había gachís y podían brindarnos el maravilloso espectáculo de sus cachas al sol. Tras comprobar con resignación que nada otearíamos, pues las gachís solían ir a la piscina, nos aprestábamos a pasar un par de horas de tranquilo solaz. Mientras Enrique tocaba la flauta, yo escribía en las piedras con un rotulador, mensajes del tipo: "Vamos a invadir la Tierra y a aniquilar al género humano", "Soy Dios y destruiré la Tierra el jueves si no os arrepentís de vuestros pecados" o "La ira de Aláh se va a desatar sobre todos los infieles que vienen a bañarse a este río". Éramos tan ingenuos que creíamos que con semejantes avisos aterrorizaríamos a los bañistas que vinieran al día siguiente. Tras la sana risa, venía el baño. Enrique se ponía sus gafas de bucear y, arrodillado o en cuclillas, inspeccionaba el fondo fluvial en busca de fauna y flora. Tardé mucho tiempo en percatarme de que el intrépido buceador no sabía nadar, por lo que jamás se aventuraba en los lugares donde cubría. Pese a todo, tenía la suficiente habilidad para atrapar un barbo con sus manos. O a veces dos. El barbo tiene una pésima fama gastronómica, dicen que sabe a barro. No obstante, en esa corriente tan limpia, la presa no era desdeñable y solía acabar en la sartén. Nunca llevamos cañas de pescar. Cuando el sol iba cayendo, salíamos del cauce vestidos pero mojados y Enrique se obstinaba en visitar un pueblecito cercano al sur del río Gas, que se llama Barós y, por aquel entonces no era un acúmulo de segundas viviendas, sino una genuina aldea. Íbamos al cementerio y nos tumbábamos boca arriba, cada uno en una lápida y hablábamos largo y tendido de la otra vida. Yo tenía dificultades para concebir que fuera mejor que ésta. Las vacaciones eran muy largas y teníamos un caudal de tiempo libre que era un auténtico tesoro. Ni había videojuegos ni soñábamos con tal cosa. Nos gustaba dibujar y jamás nos aburríamos.

Hace algún tiempo, vi en internet algunas fotos del río Gas en la actualidad, medio agostado y medio canalizado. Me dio mucha pena, porque nadie encontrará ya en las piedras los mensajes apocalípticos. Tampoco tiene pinta de que nadie se bañe ahí, parece como domesticado, agonizante y, comparado con mis recuerdos, totalmente carente de encanto.

jueves, 23 de abril de 2026

Inteligencia Artificial y otros Cuentos

Hace unos meses, publiqué por mi cuenta y riesgo un libro con 30 cuentos originales. Hoy, para festejar el Día del Libro, ofrezco en este blog uno de los relatos que incluye.

Por cierto, el libro puede encontrarse en: https://v31.es/booksonline/producto/inteligencia-artificial/






EUTANASIA

El otro día, paseando por la calle 8 de marzo, dos jovencillos de unos cuarenta años o poco menos, me increparon desde el portal donde se entretenían manipulando sus móviles, joder, puto carcamal, muérete, que no hacemos otra cosa que trabajar para pagar tu jodida pensión. Acto seguido, me escupieron unos gargajos que se me colaron por la rejilla de las zapatillas. Qué cabrones y maleducados son los jóvenes hoy en día. Si me descuido, me dan dolorosas sardinetas en el cogote y al pobre Nemesio, el jueves pasado, lo zancadillearon y, al caer, se rompió la cadera, tengo que ir a visitarlo al hospital.

Esta mañana, como hacía bueno, quería ir paseando hasta el hogar del pensionista para leer la prensa. Apenas he puesto el pie en la calle, va un tipo fornido y malcarado y me agarra de la pechera, qué bien vivís los hijoputas de los jubilados con el dineral que nos retienen a los demás, y, sin esperar contestación alguna por mi parte, me ha dado con el revés de la mano en la boca y me ha partido la dentadura postiza en tres trozos que han caído sobre la acera. Antes de que me pudiera agachar para recuperarlos, los ha pisoteado haciéndolos trizas y se ha marchado riéndose a carcajadas.

Media hora más tarde, he entrado en la comisaría de la calle Solidaridad Interterritorial, sé que no hacen ni caso de este tipo de denuncias, pero me molesta la impunidad con que maltratan a los viejos en plena calle, sin que los transeúntes, casi todos inmigrantes, muevan un sólo dedo para imponer orden, tranquilidad, respeto, yo qué sé.

El policía que me toma declaración, es un hombre de mediana edad, unos setenta bien llevados, para mí que el pelo naranja que luce es implantado. No disimula su indiferencia ni su hostilidad en el interrogatorio protocolario previo a la declaración.

- Nombre completo.

- Emeterio Luján Pichón.

- Edad.

- 98.

- Estado civil.

- Viudo de matrimonio heterosexual.

- Domicilio.

- Calle Memoria Democrática, 37 bajos.

Después, cuando le doy el número del DNI frunce el ceño y me mira con renovada severidad.

- Creo que te has olvidado de algo, listillo.

No se me pasa por alto el tuteo y el tono despectivo aún más redoblado.

- No sé a qué se refiere, mi sargento.

- Subteniente, pedazo de granuja, parásito, nada menos que me avisa el ordenador de que te has saltado por todo el morro, la revisión trimestral obligatoria en el centro de salud de tu distrito. Tenías que haber ido ayer, so sinvergüenza, que todos hacéis lo mismo y os tenemos que ir encorriendo, con la de trabajo que hay. Bueno, dime qué cojones venías a denunciar.

- Me lo he pensado mejor, mi subteniente, era una chorrada, unos tipos que estaban atentando contra la salud pública, fumando en la acera de la calle Renovables.

- Huy, eso sí que no lo podemos dejar pasar, gracias ciudadano, ahora mismo mando una patrulla.

Mientras el tipo marca diligentemente un número en su teléfono, me doy la vuelta y salgo de la comisaría a paso vivo.

De camino a casa, recuerdo la última revisión trimestral obligatoria, donde ya me fue por los pelos. Agudeza visual, 30 por ciento. Agudeza auditiva, 40 por ciento. Tiempo tardado en caminar 100 metros, dos minutos y 49 segundos. Lista de palabras más larga que soy capaz de recordar al minuto siguiente, tres palabras, manzana, cuchara, bicicleta, una lista de cuatro ya la fallé. Varón. Sin hijos. Vivo solo, Pensión superior a mil euros. 98 años, por dios, 98 años. Esta vez sí que no superaré los tests, ya los pasé por los pelos la vez pasada y para mí que, como ya tenían el cupo, me dejaron marchar.

Al pobre Servando, uno de la partida de dominó, con el que coincidí, le salieron todas las pruebas mejor que a mí, menos la tensión, que la tenía a 14-9, claro coño, estaba nervioso el pobre. Pues nada, la enfermera va y le dice, bueno Servando, pásese por el centro de salud el miércoles próximo a las 9 y media, sólo será un momento, nada más un pinchacito, ni lo notará.

Ni que decir tiene que, desde hace tres meses, Servando no aparece por el bar.

Ni yo pienso aparecer por el centro de salud, que les den por culo.