jueves, 14 de noviembre de 2013

Mi Tío - Jacques Tati

Algo compartido por un considerable número de especímenes humanos, a partir de cierta edad, es la nostalgia de una Arcadia (con características personalizadas), donde cada uno llevó una vida inocente y feliz. ¡Quién pudiera volver a habitar su particular Arcadia! En ese lugar imaginario o, más bien, mítico, reinaba la felicidad, la sencillez y la paz en un ambiente idílico sin apenas incertidumbres ni conflictos. Pero ya que no podemos regresar a esta incierta ubicación espacio-temporal, tenemos la oportunidad de consolarnos viendo esta maravillosa película que ofrece uno de los más tiernos retratos de aquel paraíso que perdimos sin haberlo disfrutado, o peor aún, sin haber comprendido siquiera su naturaleza.
 
El cartel

Dado que “Mi tío” fue estrenada hace ahora poco más de veinte mil días y, en sus tiempos, tuvo un considerable éxito popular y una muy benevolente acogida de los entendidos, cometo el error de dar por sentado su carácter de película-clásica-conocida-por-todo-el-mundo. Y no es así. La mayor parte de las personas jóvenes la desconocen y ni han oído hablar de ella. O peor aún: la han visto superficialmente y la han confundido con una película cómica de gags, algo lenta y algo sosa. El manifiesto de humanismo y vitalidad que atesora y despliega en sus poco menos de dos horas, puede pasar bastante desapercibido, pero para esto hace falta ser un espectador poco atento.

Jacques Tati, un director francés de origen ruso, estrena esta enternecedora comedia en 1958, año en el que obtiene con ella un triunfo considerable (Oscar a la mejor película extranjera, gran popularidad del film y de la canción homónima de su banda sonora). Además de dirigir, interpreta el papel del protagonista, monsieur Hulot, un personaje cortés, complaciente, amable y dócil que obtiene su carácter de irreductible rebeldía gracias a un don que le ha otorgado la naturaleza: es torpe hasta lo catastrófico y su despiste raya a inconcebible altura. Por si fuera poco, se hace entrañablemente simpático y establece una mágica complicidad con el espectador, al que cautiva con la majestuosa irresponsabilidad con la que se instala en su momento presente, en su impulso vital, donde las consecuencias y los resultados de las acciones no es que no sean tenidos en cuenta, sencillamente no se contemplan. Bueno sí, los contemplamos nosotros entre divertidos y aterrorizados.

La película, rodada en un color muy luminoso, con una fotografía muy diáfana, se desarrolla en dos escenarios contrapuestos. Uno es el pueblecito de toda la vida, una Arcadia bulliciosa, traviesa y feliz, donde el tiempo transcurre como un relajado marco para una existencia humana casi exenta de preocupaciones y estrés: el barrendero no barre, los perros corretean en libertad, los niños se divierten con sus trapacerías, la jovencita florece día tras día en su portal, cualquier momento es oportuno para entrar en “Chez Margot” a tomar una copa, el vecindario vive en la calle o entre los puestos del mercado, donde aún hay carros con caballerías. A esto se contrapone la zona urbana moderna, fría, uniformizada, saturada de coches, donde todo es rectilíneo, tiene una escala desproporcionadamente grande y es aburrido, anodino u opresivo. Una tapia de piedras, derruida, marca la frontera que comunica ambos mundos, frontera permeable a personas y… a perros.
 
La vivienda de Monsieur Hulot

Casi al comienzo, en un larguísimo plano-secuencia, se nos muestra la casa del señor Hulot. Desde fuera y, a través de distintas ventanas y barandas, en un encuadre fijo, le vemos ascender por unos complejos y enrevesados vericuetos que le llevan hasta su vivienda, una buhardilla en alto, a la que accede desde la terraza. Es un momento antológico, la magia es conjurada ante nuestros ojos. Jugando con el cristal de la puerta de su balcón, el señor Hulot manda el reflejo del sol hasta la jaula de un pájaro que, al ser bañado por la luz, se pone a cantar. Con este y otros sencillos trucos, Tati consigue una sugestión poética que va a impregnar toda la película.
 
El sobrino, el padre y el tío

Luego está el mecanicista y poco acogedor mundo de los Arpel, donde reina un orden previsible (y risible). Han sido abducidos por el confort y el ruidoso maquinismo del mundo moderno y sus vivencias, superficiales y rutinarias, son satirizadas a base de bien. El matrimonio Arpel, cuya esposa, siempre afanada en sacar brillo, es hermana de monsieur Hulot, tiene un hijo único, Gerard, que en ese microcosmos rígido y pautado, se aburre como una ostra en un acuario. Menos mal que a menudo viene su tío a rescatarlo y a llevarlo al lugar donde los niños y los perros corren en libertad y hacen trastadas.
 
De palique con la vecinita

Como los Arpel son acomodados (él es un importante ejecutivo en una fábrica de plástico), viven en una casa con jardín, que es una especie de extravío del funcionalismo: todo es grande, geométrico y… feo (o sea, de diseño). La señora Arpel está preocupada por monsieur Hulot, su hermano. Piensa que necesita una pareja, que tal vez así se centre. Prepara una fiesta a la que invita a algunos amigos y a una vecina soltera: en el absurdo jardín de la fea casa, con planos generales llenos de detalles hilarantes, asistimos al frustrado romance, la actuación de monsieur Hulot desencadena un contenido aunque persistente desastre.
 
La fiesta en el jardín

Otra de las funestas ocurrencias de la señora Arpel, consiste en presionar a su marido para que emplee en la fábrica de plástico al incorregible hermano. La llegada de monsieur Hulot a la factoría, será el detonante de una serie de gags al estilo del antiguo cine mudo. Aquí es oportuna una observación: en general en la película hay muy poco diálogo (las primeras frases se hacen esperar casi diez minutos), cediendo paso a sonidos ambientales y una continua presencia del célebre tema de la canción “Mi tío”. Al señor Hulot casi no le oímos hablar en toda la película, más allá de cuatro frases de cortesía. Es más que evidente el homenaje al cine mudo.
 
El desperfecto se avecina en la cocina

Hay quien dice que la película carece de argumento, consistiendo en una mera yuxtaposición de cuadros y escenas costumbristas, en un sarcástico retrato del advenimiento del mundo moderno y sus nefastas consecuencias. Podría estar de acuerdo, con dos importantes matizaciones. Una, que el ritmo y el equilibrio impecables de la película, sin duda, han exigido un rodaje minucioso donde todo se sincroniza y encaja a la perfección y no hay nada gratuito o superfluo. Para dar esta sensación de espontaneidad y factura episódica o accidental, no quiero ni pensar en lo milimétricamente calculado que debió de ser el trabajo. Nada pues de rodar escenas improvisadas. Y dos, la burla, la sorna con que es contemplado el mundo de los Arpel, nuestro mundo de hoy en definitiva, nunca es agria, no descalifica ni vitupera. Tati no era un agitador y su mirada está siempre cargada de ternura: incluso los ridículos Arpel son redimidos: hasta ellos pueden ser felices a su modo en los muros de la jaula que se han construido. Con sus disparatadas comodidades, son tratados con la más generosa clemencia, únicamente parece proponerse al espectador que huya, si puede, de ese lastimoso modo de vida, a un lugar donde se reencuentre con la fantasía y lo inesperado. Allí lo aguardará Monsieur Hulot con su pestilente pipa, su incómodo paraguas y su lento velomotor, dispuesto a promover, con la mejor intención, una nueva hecatombe.

Allí, en la inexistente e imprescindible Arcadia.  

Y aquí, la célebre canción que suena durante gran parte de la película.
 
 
 

martes, 12 de noviembre de 2013

Ajedrez: El Proceloso Mar De Las Celadas

En los tiempos, bastante pretéritos ya, en que era impulsado por una moderada ambición ajedrecística, tuve la desgracia de que cayera en mis grasientas manos un libro titulado “200 Celadas de Apertura”, escrito por un tal Emil Gelenczei, de la colección Escaques, ediciones Martínez Roca. Este libro, del que me empapé ávidamente, destruyó mis ya escasas posibilidades de medrar en el mundo del tablero y quisiera recomendar a cualquiera que se inicie en este difícil juego que ni se lo mire, no vaya a incurrir en mi mismo error.
 

Estudiar celadas es un mal negocio: crees que vas a terminar la partida en quince jugadas y toda tu estrategia queda reducida a armar una trampa para ver si el adversario “pica”. En la práctica, el adversario no suele picar y esquiva la celada, dejándote en una posición inferior que tienes que manejar malamente durante el resto de la partida, hasta que pierdes.

En el aspecto digamos recreativo, las celadas que tienen éxito dan lugar a partidas muy breves llamadas miniaturas, que son divertidas y tienen un falso brillo de espectacularidad, entretienen y cautivan, pero preparan muy mal para el juego paciente, de maniobras posicionales, de planes bien llevados a cabo que es con el que ganan las partidas los buenos jugadores, los que saben.

Desoyendo mi propio consejo, incluyo hoy una de estas bonitas miniaturas que dejaré abierta para que el lector remate con blancas la faena. Es un Gambito de Rey, emprendedora apertura que fue muy popular en el siglo XIX y que hoy ha caído en relativo desuso.

Ward – Brown

1. e4  e5    2. f4  exf4    3. Cf3  f5?!  Los teóricos dicen que este contrataque es un poco prematuro y se rechaza con 4. e5! ¿Qué es mejor? ¿Qué es peor? Si lo supiésemos ya no habría juego.
 

4. Ac4  fxe4    5. 0-0  exf3    6. Dxf3…  El blanco en dos jugadas ha regalado dos maderas, un peón y un caballo. En el juego de hoy en día nadie despliega estos atrevimientos tan arriesgados.
 

5…  Ac5+    6. d4!  Axd4+    7. Rh1…  El blanco ha regalado otro peón para abrir líneas de ataque. En este momento, según los análisis del programa Fritz, está perdido por la desventaja material pero, claro, hay que jugar.
 

7…  d6    8. Axf4  Cf6    9. Cc3  Ag4?  Ésta es la cagada que, tarde o temprano, comete el que juega sometido a tanta presión: el negro se ha creído, el pobre, que puede contraatacar y le va a caer la del pulpo. Según Fritz la cosa no estaría tan chunga sacando el caballo de dama o haciendo 9… De7.
 

8. Tae1+  Rf8    9. Dd5!!  ¡Cómetela y estás muerto! Si 9… Cxd5  10. Axd6+ Rg8  11. Axd5+, seguido de mate. O sea que hay que defender la amenaza en f7.
 

9…  Dd7    10. Dxd4  Cc6
 

Ahí lo tienes. Todo tuyo. Precioso y fácil remate: las blancas dan mate en 3. Imparable. Breve y espectacular partida, escasamente didáctica eso sí.

Ah, y antes de que se me olvide, las soluciones a los mates de la entrada anterior:

Mate en 3:  1.Ce7+ Rh8  2.Dxh7+ Rxh7  3.Th3#

Mate en 4:  1.Axd5+ cxd5  2.Dxf8 Rxf8  3.Tc8+ Ad8  4.Txd8#

Mate en 5:  1. Dxf7+ Txf7 (Si 1… Rh8  2.Dg8+!)  2. Axf7+ Rh8  3.Te8+ Axe8  4.Txe8+ Cf8  5.Txf8#

Subo también una curiosa tira que me envió un amigo en un comentario:

 
         

domingo, 10 de noviembre de 2013

La Pequeña Ciudad Episcopal En Tiempos De Los Beatles 15

9.                          LOS DUEÑOS DE LAS CALLES

Parece que un cómputo estrafalario de eras geológicas se haya desplegado entre aquellos tiempos, en mi mente tan lejanos, y el presente en el cual rememoro aquellas insustanciales hazañas, las de un crío perdido en la confusión y la ignorancia, tratando de identificar la dirección y el sentido de sus anhelos, vectores entonces embrionarios que, pudiendo haberme conducido a algún lugar de la vida, me confinaron en un insulso tiovivo, en el que se consumieron muchas vueltas, mientras yo mataba el tiempo con algunas desdichadas ocupaciones, esperando con absurda impaciencia a hacerme mayor. Aunque no han pasado tantos años, aquella se ha cristalizado como una época nebulosa y mítica, arcaica y remota, de la que señalaré ahora un detalle de gran relevancia: apenas había coches en las calles, por lo tanto, éstas pertenecían, casi por entero a nosotros, a los ganapanes, a los chavales que correteábamos como perrillos en libertad. A lo largo de toda la calle Mayor había dos o tres vehículos aparcados: el Biscúter del fotógrafo (un minúsculo coche que no tenía marcha atrás y se estacionaba a empujones), el Seat 1400, un huevo de color marfil, grande, feo y desvencijado, propiedad del farmacéutico y, el más antigualla de todos, un “Pato” Citroen negro, con abultados guardabarros delanteros, como en los de las películas de gangsters. Hay que añadir un par más si era domingo y se habían dejado caer, a través de la frontera cercana, media docena de exóticos turistas franceses con ánimo de adquirir esas horrorosas bebidas que ellos ingieren y que no era capaz de trasegar ni mi padre: el Pernod, el Pastis y otras porquerías por el estilo que, por un insondable misterio de la economía, aquí podían comprar a un precio que para ellos era de risa, mientras que, en su país de origen, les costaban un ojo de la cara. De paso, el fotógrafo de la calle Mayor (el del Biscúter) intentaba venderles sin éxito unos espantosos souvenirs, unas sevillanas de trapo cuyos modelos reales jamás se habían apersonado en carne y hueso por Jaca y unos abrecartas en forma de sable, de un acero toledano que se oxidaba nada más echarle el aliento.

 
Un soleado jueves por la tarde nos hallábamos en la calle Mayor, en calidad de dueños de la misma, una parte de la chiquillería de mi clase. Los jueves por la tarde no teníamos escuela y, si nos juntábamos una docena o más y entre ellos estaba Vázquez, que tenía un balón de cuero, nos íbamos a jugar a los glacis de la Ciudadela, pero si estábamos pocos, o faltaba Vázquez con lo que sólo disponíamos de un pelotón de goma, jugábamos en la calle: el ancho de la calzada era la portería y los bordillos de las aceras, los postes, lo que daba lugar a marcadores abultados y no pocos conflictos. Si venía un coche, parábamos el partido. Creo que íbamos perdiendo por 24 a 19 y yo llevaba la pelota, cuando Rivero me dijo:

-¡Aquí Cagamanturrio, pasa!

Pero no le pasé y, percibiendo que el portero de ellos estaba despistado jugando con unas chapas, tiré desde medio campo con todas mis fuerzas. La pelota rebotó en un adoquín y se elevó yendo a parar al balcón de la señora de Quintana, que tenía muy mala leche y no nos la devolvió, con lo que aquella tarde se acabó el partido nada más empezar la segunda parte. Con la desventura añadida de que la pelota confiscada era del animal de Zaborras, el cual tras insultar un rato a la señora del balcón, con unas palabrotas que los demás no habíamos oído todavía, nos dio un par de rabiosas collejas a Rivero y a mí. Esto nos sentó muy mal a ambos y, como con Zaborras no podíamos, decidimos vengarnos en la señora de Quintana.

 
A partir de esa tarde, cuando pasábamos camino del colegio llamábamos al timbre del principal derecha, que era su piso y la martirizábamos:

 - ¿Quién llama? – Vociferaba desde arriba.

 - El de la cesta.

 - ¿Qué cesta?

 - La que lleva en el culo puesta. – Y nos íbamos corriendo alegremente, muy ufanos de nuestro ingenio.

 - ¿Es casa Consuelo?

 - No, aquí no es.

 - Pues, sin suelo, se va usted a dar un buen morrazo…

Luego ya no nos contestaban y entonces llamábamos aún más infatigablemente, hasta la malhadada mañana en que se abrió bruscamente el portal y el señor Quintana agarró a Rivero del pescuezo y comenzó a emprenderlo a pescozones. Yo salí, pies para qué os quiero, pitando y, cegado por el pánico, crucé la calle Mayor al galope sin percatarme de que un coche, el “Pato” Citroen negro, conducido por don Gregorio su dueño, venía de frente a mí que estampé mis rodillas en el parachoques delantero y la cabeza en el morro del vehículo, saliendo rebotado hacia atrás y cayendo como un costal sobre el empedrado de la calle, donde quedé tendido exánime, extendido boca arriba, como en la losa de una morgue a la espera del forense…
 
 

viernes, 8 de noviembre de 2013

En El Bando Perdedor

Esta es, según los que han tenido la paciencia de escuchar mis escarceos musicales, mi mejor canción. O la menos mala, si quieres. De este modo, tienes una buena pista: si la oyes y no te gusta, podrías prescindir sin remordimientos de todas las demás.

La compuse y secuencié hace más de quince años en un apreciable programa de aquella época que se llamaba XGWorks y funcionaba muy bien con tarjetas de sonido de Yamaha. Esta semana me ha dado por retomarlo y lo he vuelto a masterizar, aprovechando las capacidades de audio del programa Reason. Me ha gustado cómo ha quedado pero, claro, soy el padre de la criatura y qué voy a decir. Un soporte rítmico y armónico de guitarra, bajo y batería, con un colchón de cuerdas, todo emulado, sostiene una melodía bastante pegadiza en tres partes, que hacen de estrofas y estribillo.

Aquellos que se chuflan, sin acritud, de mis esfuerzos musicales, me proponen que escriba la letra de la canción y la cante, sin embargo saben que una almeja tartamuda tendría mejores posibilidades que yo para entonar armoniosamente. No obstante, por si alguien quiere hacer karaoke, esta vez he escrito el texto, “uno que más o menos vaya bien con la música, la música es lo primero”, como dice con toda frescura Jeff Lynne, el líder de Electric Light Orchestra. Acertaste. Otro de mis referentes.
 
 

jueves, 7 de noviembre de 2013

Las Piedras Preciosas

Estaba en el Instituto, jugando a ser un alumno aplicado con moderación, haciendo mis primeros pinitos en la apasionante disciplina de la Química, cuando la noticia devastó mis sesos a medio cuajar: un diamante y un trozo de carbón tenían exactamente la misma composición química, la misma fórmula, estaban hechos de la misma materia y sólo variaba su aspecto exterior. Venga, pensé, obséquiale a una chica una piedrecita de carbón y gástale la broma, si te atreves, de asegurarle que, ni más ni menos, has puesto en su mano una piedra preciosa disfrazada de mendiga.

No me atreví a explotar semejante “gracia” y hoy pienso que tampoco es tanta la diferencia: los Reyes regalan carbón a los niños malos, mientras otros reyes regalan diamantes a las niñas malas, total que viene a ser lo mismo.

Dentro de cada uno de nosotros se esconde una urraca fascinada por las cosas que brillan y yo no me siento una excepción. Entre las láminas de mi antigua enciclopedia, me recreaba la vista con ésta de piedras preciosas y me imaginaba que, a lomos de un velero, yo era Simbad el Marino, afrontando los peligros del monstruoso pájaro roc, para conseguir recoger unas cuantas de estas gemas. Los peligros reales, los he afrontado en las joyerías preguntando, sin temor al infarto, el precio de algunos pendientes o de algún anillo con brillantes como cabezas de alfiler, cuyo astronómico monto me ha llevado a regalar libros, bombones y otras cosas más asequibles, pese a lo mucho que me gustan las joyas, contemplarlas digo, ya que sería del todo incapaz de llevarlas.

 
En las láminas que he escaneado, además de las ilustraciones, podemos apreciar que se ha clasificado las gemas por familias y, en la mayoría de los casos, van acompañadas de la fórmula que expresa su composición química. Vamos, que solo falta el precio. Como están “hechas” en su mayoría de elementos materiales bastante corrientes, uno puede darse a la fantasía del alquimista aficionado y pensar que, yendo a una droguería en busca de cuatro productos y disponiendo de un buen laboratorio casero, las podría sintetizar a bajo coste. Esto se cuenta, poco más o menos así, en una exitosa saga de ciencia-ficción, donde los ricachos que han invertido enormes sumas en comprar diamantes, esmeraldas y rubíes, se ven arruinados por la fabricación industrial a gran escala de gemas indistinguibles por completo de las que ellos adquirieron.

 
De momento, deja de soñar: puedes imprimir las láminas y usarlas como guía de compras en la joyería más cercana, estaría bien ir preguntando ¿tienen de éstas? Póngame media docena.
 
 

lunes, 4 de noviembre de 2013

César Vallejo - Piedra Negra Sobre Una Piedra Blanca

Siguiendo con mi particular celebración del Día de Difuntos, me pongo respetuoso y pido prestada hoy la voz a uno de los más grandes poetas de habla hispana: el peruano César Vallejo. En este poema, el vanguardista genial, el originalísimo versificador, adopta una forma un tanto clásica, la de un soneto, bien es verdad que con versos muy encabalgados y con rimas asonantes, pero soneto al fin y al cabo.
 
Crisantemos, para empezar

Trata este poema, fúnebre y bellísimo, en mi opinión, no tanto de una premonición o de una profecía del fallecimiento del poeta, sino más bien de un recuerdo de la propia muerte. Claro está que si eres capaz de recordar tu propia muerte es porque, de alguna manera, ya has pasado por el trance, ya la has superado. Esta idea es la que hace que este poema me produzca un efecto tan intenso y tan cautivador: el poeta habla de su propia muerte más allá o después de su advenimiento.
 
Crisantemos para fondo de escritorio (HDMI)

Con las flores fotografiadas, ofrendaré un recuerdo al propio César Vallejo y a todos aquellos que eran próximos y se me fueron. 
 
Pensamientos

 PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA

 Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

 Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

 César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

 también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

Y más pensamientos

 

domingo, 3 de noviembre de 2013

De La Noche De Halloween Al Día De Difuntos

Inmerso en un mundo que me va dejando atrás, me entrego a boquear de incomprensión respecto a los cambiantes signos de los tiempos y su carácter hermético o, directamente, incomprensible. Me toca hoy reflexionar sobre una fiesta desconocida hace unas decenas de años en este entorno cultural, pero cuyo éxito es, a día de hoy, de una evidencia palpable. Niños y jóvenes, sobre todo, han decidido incorporar al calendario la cita de Halloween con una contumacia, a mi juicio, sorprendente.
 

Vale que el fenómeno de la invasión (y colonización) cultural anglonorteamericana no es una sorpresa, hace ya mucho tiempo que los Beatles confinaron en un gueto musical a Manolo Escobar, o que Papá Noel le ganó la mano a sus majestades los Reyes Magos. Los prebostes municipales contratan su hormigón para pistas de skateboard, en lugar de frontones y los nuggets de pollo y las hamburguesas del McDonald’s han desplazado del corazón de los infantes a las churrerías de antaño. Aún no hemos llegado al extremo de celebrar por aquí (aunque quién sabe, tal vez lo presenciaremos) el 4 de Julio o el Día de Acción de Gracias, pero me sigue chocando lo espontánea que parece la vivencia de Halloween, al menos, para todo aquél que tenga menos de veinticinco años.
 

Otras fiestas han sido objeto de inducción política más o menos firme: las celebraciones políticorreligiosas del franquismo se han evaporado sin dejar apenas rastro en la memoria. Las fiestas políticas y civiles de la democracia languidecen penosamente, apenas han calado como motivo de celebración en este apesadumbrado país. Recuerdo una época en la que se promocionaba, desde las opciones políticas progresistas, lo que de transgresor y liberador podía tener el Carnaval, que se trató de implantar con firmeza en las escuelas, aunque también esta celebración profana ha quedado en agua tibia de borrajas, al menos en todos aquellos lugares donde no era avalada por un arraigo previo. Quedan pues tan sólo las fiestas tradicionales milenarias, las fiestas populares de cada lugar y este “qué coño sabe nadie qué es” del omnipresente y masivo Halloween.
 

Otra explicación fácil sería la de los intereses comerciales puestos en juego en esta festividad: disfraces, chucherías, calabazas, velas y parafernalia siniestra. En realidad, poca cosa, sin olvidar que los intereses comerciales se ponen en marcha ante cualquier evento festivo, es lógico, y en este no hay nada de excepcional que explique que su eclosión haya sido inducida por los grandes almacenes.

Mi mujer, que tiene explicaciones sensatas para casi todo, me da una mientras limpia los restos de huevos arrojados al portal. Los jóvenes de mi pueblo se han vuelto lo bastante perezosos como para no cansarse con lo de llamar disfrazados, preguntar ¿truco o trato? Y si no les das unas monedas o unas golosinas, premiar tu mezquindad arrojando huevos a la puerta. Esto solo lo hacen ahora los niños. Los adolescentes, en cambio, compran los huevos en el Mercadona (?), los arrojan directamente a los portales y se van de juerga, habiendo cumplido con el espíritu de la celebración. Qué majos. Mi mujer, digo, opina que la imaginería de brujas, esqueletos, vampiros, monstruos y demás es muy atractiva, por su misteriosa seducción, para los niños y adolescentes. Y como, hoy en día en las casas, el mundo entero gira en torno a las necesidades y apetencias de los hijos, pues estas celebraciones calan, de abajo a arriba, ya que se tiende a complacerles absolutamente en todo: de tal modo, no se les impone, en el caso que nos ocupa, una tradición, una fiesta con significado para los mayores, que ellos han de acatar y asimilar, sino que sucede al revés, son los mayores, en la vistosa fiesta de reciente y sólida importación, los que son arrastrados al capricho y a la voluntad de sus vástagos.
 

Como carezco de una teoría mejor, acepto ésta. Así pues, sólo me queda un rinconcito donde echar de menos sin remedio y evocar con una melancolía un poco pasiva, la rancia y olvidada celebración del Día de Todos los Santos y de la Noche de Difuntos. Uno tenía un pensamiento para el llamado “más allá” y un recuerdo para los ausentes de la familia, cuyas tumbas se visitaban, para adornarlas con unos claveles o unos crisantemos, incluso rosas si podías pagar más. La muerte se hacía una presencia un poco más cercana, era tenida en cuenta su proximidad, aunque fuera tan sólo por una fecha… Ah, y por supuesto en TVE, en la 1, echaban, en los tiempos del blanco y negro, el “Don Juan Tenorio” de Zorrilla con un reparto de primera línea, por ejemplo, con Paco Rabal como don Juan y Concha Velasco como doña Inés y era una cita obligada, había que verla, año tras año, hasta recitar los versos más célebres de memoria. El don Juan Tenorio, qué tiempos. Me temo que sobre esto volveré, pues me marcó y forma parte del sustrato de mis escasas neuronas supervivientes.
 

Dentro de unos años, éste será el “puente de Halloween” y a los Santos Todos, que les frían un paraguas. Cuando los niños que anteayer se disfrazaron de zombies voten, lo harán por el ocurrente político que cambie la denominación de la festividad: ¡Vivan los muertos vivientes! ¡Mueran los “difuntos”!