viernes, 17 de abril de 2015

Radio Futura - La Ley Del Desierto / La Ley Del Mar

Me paseo a menudo por páginas de internet dedicadas a usuarios deseosos de comentar las grabaciones de música moderna (o que lo ha sido) desde los años cincuenta hasta nuestros días. Entre las que más tiempo de navegación me usurpan, destacaré “Rate Your Music” o “Allmusic” que, francamente, están muy bien (No como Rolling Stone, que está más obsoleta que la bisabuela de Freddie Mercury). En la primera de ellas, me llama la atención que cualquier paisano se pone a hacer listas de sus preferencias y se queda tan ancho: “Los 100 mejores discos del año 1976” y pone los que le salen de los cojones, “Las 200 mejores canciones sobre la hernia discal”, “Mis cantantes predilectos de rancheras y corridos”, lista encabezada por Rocío Durcal, o “Ranking de los álbumes de Camela, del mejor al peor”… A veces me han dado tentaciones de marcarme una lista (estoy registrado como usuario), por ejemplo, “Los cien peores arreglistas del pop español”, pero no me he animado.

No obstante, esto me ha dejado latiendo la pregunta “¿cuál consideras tú que ha sido el mejor disco de la música ligera en este país?” La cuestión es un tanto baladí, porque tiene una respuesta diferente acorde con el año de nacimiento: la música que te conmueve es una cuestión generacional, con fecha de caducidad y no llegaríamos a un acuerdo ni siquiera entre los aficionados más melómanos del patio. Sin embargo hoy me apetece hacer un esfuerzo: puedo eliminar todos los álbumes publicados antes de 1980, por el sencillo motivo de que los artistas no tenían la suficiente autonomía para imponer una línea creativa, al margen de compañías discográficas cuyo provincianismo, casposidad y atención exclusiva a lo que tuviera el más inmediato y obvio tirón comercial, eran absolutos. Mentaré por ejemplo algunos notables álbumes de Serrat, cuyos arreglos atroces, que habían evolucionado apenas desde los tiempos de Machín, enrancian unas canciones de altísimo nivel. A partir de los noventa, se produce una separación entre el mainstream, la corriente más popular, qué sé yo, Sabina, Bosé, Luz Casal, Rosario Flores o Celtas Cortos, artistas todos ellos cuya labor no me ofrece, personalmente, el menor interés, y la corriente minoritaria, el indie y los grupos, músicos y cantantes poco conocidos, cuya influencia, a despecho de propuestas de gran calidad, ha sido escasa.


O sea que, como en el libro “Yo fui a EGB”, nos centramos en los ochenta, la nueva ola, la movida y todo aquel pescado… Y aquí es donde quería llegar, al disco de este cuarteto formado por los talentosos hermanos Auserón, con Enrique Sierra y su abrasiva guitarra y Solrac en la batería. Cantante, bajo, guitarra y batería, un clásico del rock que, en este momento (estamos en 1984) y en este país (estamos en la España Cañí) suena muy, pero que muy innovador. Doce canciones, seis en cada cara, no sobra ni falta ninguna: algunas tendrán más éxito (“Escuela de calor”, “Semilla negra”), otras serán menos conocidas (entre éstas, están mis cuatro favoritas: “Historia de play-back”, “Hadaly”, “Tormenta de arena” y “En Portugal”)… ¿Sabes por qué te gusta tanto este disco, so melón? – Me pregunto – pues porque era lo más cuando eras joven, no te giba. Un error: ya no era tan joven, pasaba de los 30. Cuando yo era joven, lo más eran los Brincos (que también me gustan, qué le vamos a hacer).


Bueno pero, ¿qué tiene este disco que no tengan muchos otros antes o después? Varias cosas, que intentaré detallar:

Una importante solidez conceptual, ningún tema flojea o baja el listón, o cambia de registro alterando la unidad de la obra en su conjunto. Las letras, muy interesantes, se salen de las historias trilladas y, casi por primera vez, el español suena natural y encajado en estos ritmos rockeros y espasmódicos. Se nota que Auserón es un buen cantante y un bicho de una talla intelectual notable: muchas canciones siguen conservando un planteamiento que, aun hoy, resulta misterioso, original o inquietante.


En segundo lugar, el caldo donde se cultiva: por primera vez da la impresión de que ingresamos en la normalidad internacional; se acabó la transición, ya estamos concienciados, los cantautores pueden pasar a mejor vida. Ya da la impresión de que vivimos en el mundo moderno. No más “¿dónde estará mi carro?”


Por último, la producción es una ventaja neta: los han echado o se han ido de su sello discográfico y tienen poca pasta, de modo que se autoproducen y autoarreglan las grabaciones. Esto que ha sido señalado reiteradamente como un empobrecimiento del disco (por ellos mismos, incluso, que han remezclado y regrabado muchas veces algunos de estos temas), a mi juicio no debilita la música, sino que es para mí su mayor gracia: es tan esquemático que ningún detalle superfluo resta energía a las canciones que, de este modo, suenan como una lijadora. No les volvería a pasar. Sus discos posteriores, con mayores medios de producción y ya eclosionando el invento del “rock latino”, tienen cosas muy interesantes, pero no la magia de éste. Por cierto, se oyó hasta la extenuación, por una vez y sin que sirviera de precedente en este país, el éxito premió el talento. Qué tiempos.

Como el vinilo se me quebró por el desgaste, tengo una copia que venía en una colección, o con un periódico, no me acuerdo, es la que aquí comparto: de uso obligatorio para melómanos y nostálgicos en la cuarentena o en la cincuentena y muy recomendable para el público en general.


martes, 14 de abril de 2015

14 De Abril, Día De La República

El caso es que casi se me pasa por alto. Hoy hace 84 años que fue proclamada en Madrid y otras ciudades españolas la segunda República. Me lo ha recordado mi amigo el Resentido que, como es un tanto contradictorio, unos días dice que piensa votar a los de Podemos, porque confía en que le darán el pasaporte a su denostado borbón y otros, en cambio, clama por la resurrección de Franco, para que ponga un poco de orden en el desnortado patio de las baronías territoriales, delincuenciales y corrupturistas. España y yo somos así, señora.
 
Había pensado en no atreverme a frivolizar con un tema en el que la memoria histórica adolece de amnesia parcial. Cuando toco un tema sensible de índole política (zas, la palabrota que empieza por “p”), mis amigos, que dicen no leerme, ponderan unánimes lo reaccionario de mis textos: Sigerico, Amalarico, Gesalerico y un servidor, encabezamos la lista de los ultramontanos más carcas y me entra complejo de estar disecado. Y es que no soy republicano, mi familia paterna lo fue y pagó con un duro exilio su desafección por el bando victorioso. A los numerosos republicanos de nuevo cuño, que me bombardean con sus razones de que una monarquía es un anacronismo, de que no tragan que el jefe del Estado sea un fulano no electo y de que la dinastía borbónica posee una amplia hoja de servicios  constelada de regias cagadas en su nada inmaculada trayectoria (recordemos a Fernando VII, con su “marchemos todos y yo el primero, por la senda constitucional”, no es de extrañar que el presidente Mas porfíe en apartarse de la citada senda).
 
 
No obstante, a estos neorrepublicanos, les suelo recordar con malicia que algunos de los países que miramos con más envidia, Holanda, Reino Unido (éste no podría ser una república, sería una contradicción en los términos), Bélgica, Dinamarca o Suecia, son monarquías parlamentarias, mientras que todos los países que miramos con más horror son, sin excepción, repúblicas. Por otra parte, nadie se entrega a aclararme qué tipo de república abrazaremos cuando Podamos: presidencialista, parlamentaria o bananera son los tres estándares más divulgados. Una república presidencialista, al estilo de los USA, parece ser lo que peor nos cuadra: imagino a mis amigos de izquierdas, verdosos por la repugnancia que les produciría, por ejemplo, el señor Aznar como presidente de la República: me entra flato de la risa. De este otro modo, al menos les queda el consuelo de que al borbón no lo han elegido.

 
 A los antiguos republicanos, no les hare blanco de mis malévolas tiñosidades: aquellos que viven, frisan los noventa años de supervivencia y no sería justo que los metiera en el saco con la nueva hornada: éstos que, sin haber pasado por una existencia tan difícil como sus mayores, se creen mejores que ellos y piensan que darían con la solución que los otros no hallaron, la de integrar un país seriamente dividido, con mucha desigualdad social, privilegios frente a marginación, exclusión, ignorancia o pobreza… Y atraso, mucho atraso: ese era el terreno en el que les tocó pelear (y perder) a nuestros mayores. Puede que sea verdad que la historia no les ha hecho justicia. Entre otras cosas, con sus herederos. (Bueno. Está por ver.)

 
Para no despedirme en plan melancólico, recordaré un libro que leí hace muchos años (en aquella hoy superable transición democrática),se titulaba “El desfile de la Victoria” de Fernando Díaz-Plaja, una obra de ficción, una novela en la que el busilis del asunto era el hecho de que los republicanos habían sido el bando vencedor en la guerra civil. De forma intermitente, se pone de moda este tipo de historia-ficción y, en concreto, aquí se abordaba el tema de los opositores a una victoriosa república democrática, que eran unos aristocráticos y decadentes señoritos falangistas los cuales preparaban, cómo no, un atentado… Si algún día estoy de humor (y está el horno para bollos), publicaré mi propia versión, en clave jocosa y retrofuturista, de lo que hubiera sido un triunfo de las armas republicanas (miedo me doy). A mandar.


viernes, 10 de abril de 2015

Incidente En El Metro De La Línea Amarilla (2ª Parte)

Bueno, como dice un viejo proverbio apache, “lo prometido es deuda”, así que ahí va la segunda (y última) parte del verídico y ejemplar relato de lo que aconteció a unos intrépidos viajeros en el metro de Barcelona.

Alto ahí, amigo. Si no leíste ayer el comienzo de la historia, te remito a la entrada anterior. De no comenzar por ella, ni habrás cogido cariño a los personajes, ni entenderás el desenlace de su aventura. Estás avisado. De paso, adjunto el retrato de la principal protagonista, doña Renun, que hubiera deseado ser entrevistada por Tele 5, si en aquella época hubiera habido cadenas privadas.

Incidente En El Metro De La Línea Amarilla (2ª Parte)

Entre treinta y cuarenta personas en la escalera mecánica detenida e inutilizada, armonizaron un coro de quejas e improperios, a los que se sumaron los de otras tantas que esperaban al pie su oportunidad de remontarse mecánicamente hasta el cielo abierto. Por lo visto, la solución del contratiempo se demoraba. Al parecer no habían localizado el bar en el que solía hallarse diseñando sus estrategias operativas el personal de averías. Algún señalado cuadro de la compañía, se rumoreaba que nada menos que el cuñado del Jefe de Estación, habíase acercado a tranquilizar a los inmovilizados e inanes viajeros, consiguiendo el éxito alucinante de poner histérico a todo el mundo con sus cuatro primeras palabras. La gente comenzó a chillar de miedo, a exigir la devolución del importe del abono y la inmediata puesta en marcha de aquello: un señor que aseguraba ser primo segundo del subgobernador civil de Badajoz, no se cansaba de repetir que movilizaría toda su influencia política – que era mucha – para que rodaran cabezas. En los escalones más bajos habían comenzado ya algunas marrullerías y peleas.

 
Doña Renun estuvo un ratito chillando, como una soprano enloquecida en un aria que recordaba vagamente a una de Parsifal, aunque con la letra cambiada de este tenor: “quiero sentarme / quiero irme de aquí / aquí nos vamos a morir de sed y de hambre / yo tengo hambre”. Luego fue víctima de la ilusión de que el bolso era la caja de mantecados que la aguardaba en casa; tan intensa y real fue la ilusión, que abrió el bolso y se comió el monedero. Iba a continuación a devorar una barra de labios, cuando el trajeado marusa interbancario, que abrillantaba con su mano trémula la calva del viejecillo desdentado y tuforoso, le alcanzó, movido de misericordia, un chicle de uva casi sin mordisquear. La Renun, que lo admiraba ya poco a menos que a Clark Gable en “Los últimos de Filipinas”, eructó emocionada y se tragó el chicle en un abrir y cerrar de ojos, entre gruñidos y espasmos de agradecimiento delirante y convulso.

Cuando llevaban algo más de dos horas inmóviles en los peldaños de la escalera ex-mecánica, un somnoliento sopor de tintes caliginosos se adueñó de los hasta entonces inquietos y bulliciosos ex-viajeros. El viejecillo y el hombre de los talonarios que, desde hacía rato, ya se llamaban por su nombre de pila y hacían fervorosas manitas, comentaron preocupados que si el sueño vencía a doña Renun y ésta se desplomaba sobre ellos, su incipiente idilio se vería abocado a un trágico final. Consideraron la conveniencia de llamar a los bomberos a fin de que pudieran apuntalarla, de este modo se sentirían más seguros y la espera perdería zozobra. El recurso de llamar a los bomberos ya se había planteado en los momentos de histeria, cuando un jovenzuelo incineró el frufrú de una prostituta jubilada con la colilla de su porro. Un empleado del metro había asegurado entonces que era imposible que los bomberos acudieran, pues no se podía bajar con el camión al vestíbulo de la estación. Así toda eventualidad de salvamento merced a la acción de los bomberos quedaba descartada, aunque no hubieran estado en huelga.

 
Algunos jóvenes pasotas no cesaban de gritar: “¡Marcha! ¡Marcha!” Pero la gente los acosaba con su indiferencia, hasta que alguien insinuó que, de propagarse la subversión, era muy posible que hiciera acto de presencia la Policía Nacional, e intentara con sus molestas pelotitas de goma disolver el grupo de atrapados usuarios del transporte público, con lo que la cosa podía degenerar en mortalera. Como aquello, en sentido estricto, no era un disturbio, se resolvió hacer callar a los inmoderados drogadictos: “tengamos la fiesta en paz, ¡tengamos la fiesta en paz!” farfullaba una y otra vez el pariente del Subgobernador, hasta que aquellos imberbes degenerados optaron por callarse y se dedicaron a plantar marihuana en unas bolsas de deporte.

Abrazados en un mismo peldaño, el Rey de la Letra de Cambio y el vetusto héroe carlista, se arrullaban dulcemente, en tanto que doña Renun ponía música de fondo, contándoles a ambos con un murmullo cantarino su asombroso historial clínico:

 - Entonces, el doctor Tuga pensó si pudiera ser que tuviera un pólipo en el recto y me preguntó si alguna vez mi marido y yo… Bueno, si lo hacíamos por ahí, imagínense qué indecencia, me hizo pasar una vergüenza… Yo, naturalmente, le dije que éramos una familia decente y cristiana y que ni se nos había pasado por la cabeza semejante guarrada, que esas asquerosidades son cosa de franceses y que nosotros, no. Así que me mandó unos análisis, unas pruebas y unas radiografías y cuando vio los resultados me dice muy serio: esto tiene toda la pinta de ser un tumor, hay que operar enseguida, con un poco de suerte, le sacamos el intestino grueso, el duodeno y el bazo y no se le vuelve a reproducir. Como a mí estas cosas de las operaciones me dan mucho miedo, pues me cambié de médico y me fui a uno particular que nada más que con unos supositorios…

De modo tan brusco como inesperado, la escalera mecánica tronó, chirrió, tableteó y con un movimiento lento pero enérgico, reanudó su anheladísimo ascenso, justo un instante antes de que un fraile mendicante enajenado por el insufrible tostón, intentara enrollar su rosario en torno al gañote de doña Renun, la cual ignoró toda su vida que había salvado su cuello tan sólo por tres décimas de segundo.

 
 - ¡La han arreglado! ¡La han arreglado! – Chilló doña Renun alborozada de alegría y ajena al peligro que había corrido. Su entusiasmo vacuno y exuberante prendió en el resto de los viajeros, como hubiera prendido en paja seca. Nadie supo cuándo ni de dónde salieron unas botellas de champán. El estampido de los corchos y el subsiguiente remojón despabilaron hasta a los más somnolientos. Entre libaciones y efusiones de contento llegaron todos arriba a tiempo de disfrutar de un dorado atardecer otoñal. Lágrimas de alegría y emocionadas despedidas. Se acordó constituir una comisión para ir a felicitar al servicio técnico de la compañía por la pronta y feliz reparación de la escalera mecánica.

El anciano cagamanturrio y el impecable administrativo, cuyos nombres no revelaremos, pues ellos mismos nos rogaron discreción, salieron del trance fortalecidos por un amor eterno. Doña Renun, que no había logrado hasta entonces largar la historia completa y verídica de sus asombrosas almorranas, quedó unida a ellos por una gratitud y afecto sin límites y se ofreció a hacer de madrina en la boda. Pese a que en aquella transitoria época, el matrimonio estaba sujeto a la paridad de sexos, el amor de estos dos varones, les hizo derribar algunas barreras y obtuvieron dispensa papal.

Aun ahora –han pasado algunos años – se reúnen de cuando en cuando a rememorar el accidentado viaje en la escalera mecánica, el arrojo del viejecito, quien por cierto lleva una dentadura postiza nueva, regalada por su joven amante, las horas de zozobra y fatiga y el venturoso final. Doña Renun les sirve mantecados y les informa de que no se trataba de almorranas, sino de un vigoroso y saludable pólipo que un buen día decidió instalarse en su recto, exactamente como había supuesto el doctor Tuga.

Por Navidad, suelen mandarse felicitaciones y participaciones de lotería. El año pasado, les tocó la pedrea.
FIN
 
Doña Renun, a portrait by Himphame
 

jueves, 9 de abril de 2015

Incidente En El Metro De La Línea Amarilla (1ª Parte)

En el otoño de 1979, minuto arriba o minuto abajo, me sucedieron un par de cosas que se reflejan en el relato que viene a continuación: una es que leí “La autopista del sur” de Julio Cortázar y me gustó tanto que decidí plagiarlo; otra es que llegué para instalarme en Barcelona y quedé impresionado por los vastos espacios y el gentío del metro.

Este cuento, de intención feísta, inmisericorde y un tanto subnormal, lo escribí entonces, lo encontré la semana pasada y lo publicaré entre hoy y mañana, en dos partes, con la esperanza de que se haga más llevadero. Como me han regalado una caja de “Plastidecor”, añado el retrato de uno de los protagonistas, personaje con el que espero que nadie se identifique: el viejecillo incontinente. Mañana añadiré a la galería el bello rostro de doña Renun. Al ejecutivo no lo pintaré porque, al estar basado en un personaje real, podría molestarse.

Sin más disquisiciones, doy comienzo al cuento:


Incidente En El Metro De La Línea Amarilla (1ª Parte)

La señora Renunciación comprimió, nerviosa y mustia, el rulo de papel que su paciencia ardiente había elaborado con una farragosa enjundia adulterina en cuadros de fotonovela. De buena gana hubiera descargado un iracundo capirotazo en el greñudo coco de un pelagatos que, no sólo había obstruido con sus glúteos el acceso a un asiento libre que, por edad y derecho, le estaba destinado, sino que para colmo se interponía ahora entre su persona y las puertas correderas, cuyo abrir y cerrar era, a duras penas, el tiempo por ella requerido para ubicar sus catorce arrobas de sebo en el exterior del convoy. Lo logró, si bien hubo de renunciar a la elegancia que da la locomoción bípeda y arrojarse en plancha al andén, a la sazón muy transitado.

Tras recuperar compostura y pertenencias, emitiendo unos gruñidos que los malparados circundantes no sabían etiquetar, acaso excusas o simple borbolleo de tráquea, se encaminó a la escalera mecánica observando, en el límite entre bizqueo y reojo, ora a un vejete cerúleo y esputoso, ora a un ejecutivo impoluto que olía a tarjeta de crédito.

La masa humana se iba compactando ante la proximidad de la renqueante escalera mecánica. Bamboleando los pies con lentitud, una procesión expectante aguardaba el ascenso, ensayando rictus de indolencia o fastidio, para llegar al hogar interpretando con desenvoltura el humor correspondiente a la jornada.

 
La señora Renunciación oteó los aledaños desde su infatigable corpulencia, por ver si identificaba un rostro conocido, a cuatro dedos del cual escupiría, con voz viperogangosa, los pormenores de su visita al especialista de las hemorroides, encuadrados en un amplio esquema de vivencias infectas que enardecían su morbo fofolibidinoso y vulgar.

Ocultaría, tal vez, el detalle escabroso de la sustracción de la fotonovela, perpetrada aquella misma mañana en la antesala del eminente proctólogo. Y no es que la señora Renunciación fuera de natural chorizo, ni tuviera una exagerada tendencia a enamorarse de lo ajeno; en esencia, la había tomado del revistero con ánimo de amortajar la espera, y había sido requerida cuando sus ojos bovinos devoraban los fotogramas más ensoñadores e intrigantes, de modo que resolvió deslizar las amables secuencias en su bolso, para tener ocasión de mamárselas en la intimidad del vagón de metro.

Entre el corcovadísimo vejete, el ejecutivo replanchado y doscientas doce personas más, no vio la señora Renunciación a una sola de sus vecinas a quien poder hacer sabedora de las últimas vicisitudes de sus purulentas almorranas. Desconsolada por tan amargo trance, aprestose a aferrar el pasamanos de la escalera mecánica, con el repentino apremio dado por el recuerdo de que su vuelta a casa se vería gratificada por la presencia sensual de una caja de mantecados, comprada el día anterior en un colmado, que le aguardaba, apetecible y prometedora, en el íntimo cajón de la cómoda del dormitorio, debajo de las fajas.

 
Comenzó a ganar altura, integrada en un racimo de género humano recocido e impaciente. Ante y sobre ella, dos señores que, fingiendo distinción, obtenían un grotesco envaramiento, ojeaban las letras gordas de sendas Vanguardias. Al lado de la señá Renun nadie había osado instalarse, pues la estrechez de espacio le hubiera evidenciado como sobón de aglomeración urbana. Tras ella, el ejecutivo gomoso lanzaba miradas de olímpica inexpresividad sobre su arcaico compañero de escalera, el escuálido vejete, mientras pensaba en su Alfa Romeo que se eternizaba en el taller, obligándole de este modo a viajar con la chusma.

Apenas el culo de la señora Renunciación hubo adquirido un predicamento a los ojos del vejete, fijando la atención de éste en el suntuoso trasero de la fondona, detúvose con un brusco trastabilleo el ascenso de la escalera mecánica, enterrando por mor de la inercia, las fauces del encandilado matusalén en los glúteos acolchados de la menopáusica.

El nonagenario adefesio prorrumpió en babeantes excusas, mientras la agredida se atusaba la monumental falda con aspavientos de dignidad.

Uno de los vanguardistas de delante frunció el ceño, al tiempo que levantaba la vista de un gol de Asensi:

 - ¿Qué pasa ahora? ¿Por qué se para esto?

El otro imbécil no se dignó en salir de detrás de un golpe de Estado en Senegal para gruñir de impaciencia. Doña Renun gorjeó:

 - ¡Algún gamberro! ¡Algún gamberro que ha echado mano del freno de emergencia! ¡Despellejarlos a todos es lo que tenían que hacer! – Sin duda se acordaba del jovenzuelo que había atentado contra sus varices, condenándola a sostener con sus ebúrneos pilares la enorme marmita de grasa de su cuerpo en la plataforma del vagón.

 - ¡Coñ, es que son ganas de empreñar! – Dijo el vejete tratando de parecer salomónico y juicioso, - ¿Qué farem ara?

 - ¡Oh! – Exclamó a su lado míster Fiducias – seguramente el Servicio Técnico de la Empresa será en breve apercibido de la contingencia. No creo que nos veamos obligados a permanecer largamente en este estancamiento tan enojoso como improductivo.

A los ojos de la adiposa comadre, este párrafo había convertido al figurín con portafolios en el líder indiscutible de la situación:

 - ¿Verdá usté que no nos tendrán mucho rato así? Y claro, ¿qué vamos a hacer de mientras? Lo que es a mí me van a cerrar la tocinería…

 - Es inconcebible, es… INCONCEBIBLE que estas cosas ocurran, ¡voy a escribir una carta a los periódicos! – Sentenció ante doña Renun el lector que tenía menos cara de oligofrénico, eludiendo el hecho de que su redacción era pésima y plagada de faltas de ortografía.

Terció el otro:

 - Los periódicos están en manos de cuatro sinvergüenzas. Como diga usted la verdad, no le publicarán nada que pueda comprometerles. No pierda el tiempo: en éste cotarro, mandan cuatro sinvergüenzas y solo leemos lo que les conviene.

 
Pero doña Renun no les prestaba la menor atención. Miraba inquisitiva al ejecutivo y tenía ganas de hacer pucheros:

 - Pero yo no puedo quedarme aquí toda la mañana, me van a cerrar la tocinería, mi marido, todo el santo día corriendo, estoy reventada mire, si por lo menos me pudiera sentar, ¡Ay, Dios mío!

 - Tranquilícese señora, no pierda los nervios; tenga usted la certeza de que la Compañía ha elaborado ya un esquema de actuación encaminado a reintegrarnos de inmediato a nuestras cotidianas labores productivas. Aplaque, pues, su impaciencia que a nada eficaz ni positivo puede conducirle.

 - Ay sí, ay sí, más de diez minutos verdá que esto no puede pararse, si por lo menos lo arreglaran pronto, pero es que a mí, como me hagan estar de pie, se me hinchan las varices, y luego está lo de las almorranas ¿sabe usté? Que no le dejan parar a una, no se crea usté que yo me puedo sentar en cualquier parte, pero ahora sí que me sentaría, sí, que estoy rendida.

El encarpetado administrativo con ínfulas gerenciales calculó, a ojo, el espacio que sería necesario habilitar para permitir la maniobra de almorranaje sobre la atestada y detenida escalera mecánica, pero así que se percató de que serían imprescindibles no menos de cuatro peldaños para desparramar aquel culo elefantiásico, archivó la idea como inservible. El patriarca de su izquierda, con la molesta sensación de haber perdido protagonismo, propuso, nunca sabremos si en un arranque de gallardía o de furor suicida, hacer algo que a él le pareció práctico para salir de allí:

 - ¿Que no podríamos saltar el pasamanos y salir al otro costado? No n’hi ha molta d’alsada, ¿Que us fa pó?

La arrogancia del senecto hizo mella en el egregio chupatintas, que envolvía en papel de facturas y balances un tierno y sensible corazón, ligeramente escorado, eso sí, al Cupido sarasa. Serio, no obstante.

 - No, avi, no es cuestión de miedo. La idea es poco practicable mirada con objetividad: se trata de un trance harto dificultoso para la señora, cuya situación, no lo olvidemos, es la más precaria. Por otra parte usted, mi querido amigo, aunque no dudo de que está en condiciones de coronar con éxito tan arriesgada empresa podría, por otra parte, lastimarse de modo irreparable si tenemos en cuenta su edad…

 - ¿Lastimarme? ¿Qué diú, lastimarme yo? ¡Oyve, noi, si estuviera aquí el general Zumalacárregui, qué lástima que no, ¡aquet señó pudría dirle qui soc yo! ¿Lastimarme diu? ¡Me hubiera visto trotar con el general Sumalacárregui, quins temps! Ara veurá…

No tuvo tiempo el sedoso ejecutivo para obstaculizar la acción del arrugado atleta: con una agilidad del todo impropia de su edad, se desmorró contra la barandilla, logrando no obstante pasar al otro lado casi la mitad de la dentadura postiza, solo que muy desmenuzada. Un fétido olor fulminó a los circunstantes, señal inequívoca de que, con el esfuerzo, al anciano se le había desprendido algo más que la dentadura.

 - Así que llega el verano, estos metros se ponen irrespirables, hay gente que no se debe cambiar de muda ni aunque la maten. Yo, a mi marido, cada semana lo cambio de calcetines, de calzoncillos y de camiseta, en fin, todo, y es que no se puede andar por ahí oliendo a carnuz – terció la foca, con el caritativo ánimo de disimular el diarreico desliz de su compañero de viaje.

El ejecutivo solícito y ya totalmente cautivado por el heroico y desdichado gesto del longevo, sintiose invadido de agradecimiento ante la observación de doña Renun que, pese a que estaban en octubre, podía colaborar bastante a paliar el bochorno del anciano, el cual desmintió:

 - No, si es que m’hi cagat…

 
Y añadió, sin embarazo aparente, que se dirigía a comprar pañales cuando la avería de la escalera mecánica le había pillado con los bajos desprotegidos, frente a una eventualidad que le asaltaba cada vez con más frecuencia, para enojo de su nuera.

Uno de los lectores de prensa resumió la situación a voz en cuello:

 - Hostia, ¡a ver si se pone en marcha esto de una puta vez!

(Continuará)

 

miércoles, 8 de abril de 2015

Canadá - Richard Ford

Leí alguna reseña muy elogiosa cuando ediciones Anagrama publicó este libro, “Canadá”, el año pasado. Aun siendo Richard Ford un reputado novelista estadounidense, no tenía el gusto de conocer nada del escritor, pese a que la misma editorial tiene publicados algunos otros títulos, como “El periodista deportivo” o “Acción de Gracias”. Aprovechando que el grupo de lectura donde milita mi esposa había escogido este título, me animé a poner mis ávidas manos sobre él y su lectura me ha producido un placer tan extraño como contundente.

Al acabarlo imagino, es un suponer, que en algún que otro grupo de lectura al uso, no va a tener lo que se dice un gran éxito: “es que es muy lento”, “es que llevo más de cien páginas y no pasa nada”, “es que es muy largo”… Y no son razones desdeñables: el libro es un buen tocho, tiene más de quinientas páginas; narrativamente tiene un ritmo muy demorado, donde se entreveran largas disquisiciones de carácter ético o emocional y además, es cierto, sólo pasan dos cosas, terribles y atroces, pero todo gira en torno a dos acciones separadas por más de trescientas páginas. Resumiendo: no parece que estemos ante un best-seller al uso, sino ante una obra de moderada exigencia.

Y aquí es donde daré mi impertinente opinión sobre los grupos de lectura, institución que conocí gracias a un episodio de los Simpson, en el que las señoras de la serie se quejaban de que sólo disponían de un libro, viéndose obligadas a leer una y otra vez el mismo. “Martes con mi viejo profesor” de Mitch Alborn, obra que tampoco conozco, aunque me pica la curiosidad… Aquí y ahora, apenas hay biblioteca, casa de cultura o centro educativo, sobre los que no gravite un grupo de lectura, cuyos miembros y miembras comparten la experiencia de los títulos más variopintos. A mi molesto parecer, sería una buena ocasión para desarrollar la exigencia lectora, igual que los atletas desarrollan su capacidad física con el entrenamiento. Pero lo que ocurre es que lo que más tira es el camino fácil. No quiero con esto denigrar las cincuenta sombras de Grey, el maldito karma de David Safier o la última novela de Rosa Regás o Almudena Grandes. Me refiero, más bien, a que éstas son obras que pueden leerse sin el apoyo de un grupo que te ayude a interpretar, en el que sostenerse mutuamente ante la dificultad o los problemas que ocasiona el enfrentamiento con una obra enjundiosa. Y esta de “Canadá”, lo es; aunque, no exageremos, tampoco es “El ruido y la furia” de Faulkner.

La portada de la edición española
Hecha esta insensata divagación, vuelvo al libro. Un texto en el que se respira pausa y quietud en todas sus palabras: la calma que precede a la tormenta. El lado oscuro y desgarrador de la existencia que tempestuosamente estalla, ya lo he dicho, en dos ocasiones, dos. Todo ello salpicado con las impresiones o las reflexiones de Dell, un muchacho de quince años que quiere llevar una vida normal, ir al instituto, jugar al ajedrez, cuidar abejas… Nada de eso será posible, por la mala cabeza de unos padres que, si bien lo quieren a él y a su hermana melliza Berner, son débiles, carecen de criterio moral y se abocan a sí mismos y a su familia a la desgracia y al desamparo. Tras un tremendo primer desenlace, Dell cruza la frontera de Canadá con una amiga de su madre y, a partir de este momento, la protagonista será la inmensidad, la vasta desolación, el abandono y el helado malestar de un territorio, en todos los sentidos, fronterizo. Fronterizo entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre la aceptación y el abandono. Una infinita llanura donde, si no quieres perderte, debes aprender tú mismo a trazar los límites… Dell se topará con el tutor más inquietante que seríamos capaces de prever, el señor Arthur Remlinger, ¡qué personaje!

El autor es este señor que se parece a Clint Eastwood

¿Y cómo sé yo que es una novela, más que buena, cojonuda? Pues por la cantidad de cosas que deja resonando en la mente y porque sigo pensando en muchos de sus aspectos después de haberla acabado hace varios días. Me acuden (o sacuden) frases del inquieto, inquisitivo y joven caletre de Dell:

Así va diciendo que “…la vida nos la entregaban vacía, y que nuestra tarea consistía en inventar cómo ser felices.”

“Las cosas suceden cuando la gente no está en el lugar al que pertenece, y el mundo se mueve hacia delante y hacia atrás según ese principio.”

“Es probable que la concepción que tiene mucha gente de «pensar detenidamente» algo es de este tipo: hacer justamente lo que uno quiere hacer, si puede.”

“Mi idea es siempre «cruzar una frontera»; la adaptación, el paso de una forma de vivir que no funciona a otra que sí funciona. También podría referirse a cruzar una línea y no poder volver jamás.”

O, en resumen: “Sin embargo es algo que todo el mundo debe hacer: percibir que algo de lo que te rodea no está bien, reconocer las amenazas; recordar que ya has tenido esas sensaciones con anterioridad, lo cual significa que estás completamente solo en un paisaje desierto, y que estás expuesto a lo que pueda pasarte, y que por tanto has de extremar todas las cautelas.”

Uno de los protagonistas es este paisaje

A estas alturas ya no hará falta que haga notar el carácter discursivo de la novela, su estilo austero, desnudo hasta llegar casi a la abstracción, su índole contemplativa, muy paisajística y que es un libro muy, muy duro (aunque “acaba bien”).

Un libro que retribuye sin duda generosamente el pequeño esfuerzo que demanda: el de acomodar nuestro ritmo a una vivencia más honda y reposada. Sin más, la novela que me llevaría a una llanura desierta (e inhóspita).

martes, 7 de abril de 2015

Ascensión A Mondotó

Conforme nos va cayendo encima el lastre ineludible de los años y nos vemos aligerados de energías y de “reprise”, va quedando un elenco más reducido de excursiones y ascensiones: ya sólo nos atrevemos con los picos más bajitos y, aun éstos, nos salen respondones y nos echan encima una considerable carga de fatiga.

 
El fin de semana pasado, un numeroso (y nutrido) grupo de amigos (con niños, aunque sin mascotas) nos acercamos en un par de vehículos a Nerín, por la carretera que remonta el cañón de Añisclo y llega literalmente a donde Cristo dio las tres voces.

 
En una pista que accede al caserío diminuto del citado pueblecito de Nerín, antes de una valla que restringe el tráfico rodado a los territorios del Parque Nacional de Ordesa, dimos en aparcar con la intención de ponernos las botas (en sentido literal).

 
Un camino de ladera, bien señalizado, arranca a la derecha de la pista, ganando rápidamente altura. El trazado es bueno y es casi imposible perderse. La ascensión no es muy larga, ni incómoda, aunque sí bastante dura, debido a que la pendiente no afloja ni ese instante que te permitiría recuperar el resuello. Son casi ochocientos metros de desnivel a palo seco, sin una sombra, sin un descanso que no sea el que te quieras tomar.

 
El camino pedregoso, entre matorrales, llega a un collado que aboca a una ladera herbosa, donde aquí y allá hay neveros, o se insinúa un lapiaz y piensas, ya estoy salvado, esto se acaba, ya estamos llegando. ¡Y una leche! Bienvenido a la inclinada pradera interminable: sigue picando para arriba, para arriba…

 
Como si fueras en un helicóptero que remonta el vuelo, aparece ante tus maravillados ojos el macizo de Monte Perdido enfrente, parecería que extiendes la mano y lo puedes tocar. Con mucha nieve aún. Precioso.

 
Cuando estaba a punto de arrojarme al suelo y encomendar a los más jóvenes (todos los demás) que siguieran sin mí, zas, se abre un acantilado descomunal: abajo está el cañón de Añisclo y enfrente las paredes de las Sestrales: hemos llegado, el mundo se acaba aquí.

 
La sensación aérea es impactante: como soy un tanto prudente (tres puntos por encima de precavido y sólo uno por debajo de gallináceo), no me acerco en exceso (ni falta que hace). Un extenso muestrario de rapaces vuelan por encima de nosotros, por al lado y por debajo (inmersas en el cañón). Más vale que me calle y deje hablar a las imágenes de la belleza del panorama.






 
Reponemos fuerzas con un refrigerio y bajamos. Otro par de horitas, estas más descansadas por motivo de la pendiente, ¡cuánto hemos subido!

 
Aunque, dejando a un lado exageraciones, para una persona en forma, es una excursión tan sólo de una mañana: se puede bajar a comer a Nerín. De todas maneras, aquél que quiera ir, que no lo deje para el verano: la loma es muy soleada e imagino que dentro de un par de meses, o se sale muy temprano, o se corre el riesgo de sufrir una completa evaporación, porque no es terreno muy elevado (entre 1150 y 1950 metros se transita, más o menos).

 
Para todo tipo de amantes del senderismo, ésta es una excursión fácil y con una excelente relación esfuerzo/recompensa. Lo único que te puede disuadir es una larga aproximación en automóvil.
 
Hasta aquí hay que subir. Desde la izquierda, claro.
 

miércoles, 1 de abril de 2015

1º De Abril, Día De La Victoria

Es una verdad más sobada que sabida, que la historia la escriben los vencedores. “Vae victis”, ay de los vencidos escribieron los romanos. En nuestra época, el vencido suele alcanzar como mínimo la categoría de asesino genocida. Sin un asomo de recato, el vencedor dice, por ejemplo, que las bombas atómicas que convirtieron en vapor a vaya usted a saber cuántas decenas de miles de asesinos genocidas, en Hiroshima y Nagasaki, tuvieron el beneficioso efecto de salvar un número incalculable de vidas.

Yo, con la ignorancia más arrogante de la que soy capaz, acostumbro a sustentar la opinión de que la Historia no nos enseña absolutamente nada. Nada que pueda servirnos en los inciertos presentes de nuestras perras vidas y, con la frivolidad y desenvoltura que caracterizan a este blog, voy a rememorar una fecha histórica, antaño festiva y que, a día de hoy, ya no significa nada en este desmemoriado vecindario que, si algo celebra en estos momentos, es la “operación salida” de la mano de Tráfico, felices vacaciones, paisanos.

Hace 76 años, allí donde sonara una radio, se pudo escuchar, entre el crepitar, los crujidos y el pedorreo de las interferencias, el siguiente y lapidario mensaje

"En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado ". El Generalísimo, Franco. Burgos, 1 de abril de 1939.


Durante los 36 años siguientes, el día pasó de festividad a simple conmemoración, los desfiles y otras celebraciones militares, religiosas y políticas, viraron del entusiasmo a la rutina y, a partir de 1975, con la muerte del otrora Generalísimo y ahora simple dictador, un piadoso manto de silencio cayó sobre la fecha: vencedores y vencidos hermanados por una vergüenza tan unánime como pudorosa.


En estos momentos creo que ni un solo estudiante de la ESO debe de saber o siquiera sospechar este significado del 1º de abril: está tan lejos para ellos como las bárbaras festividades de los asirios. No obstante, como lo mío es dar la brasa, recordaré que, cuando yo iba a las escuelas nacionales, si no coincidía con las vacaciones de Semana Santa, como este año, éramos objeto de una oferta que no podíamos rechazar: un rotulito, una viñeta coloreada y la copia de un breve texto de la Enciclopedia Álvarez, constituían una tarea ligera y relajada que caía año tras año.

Bueno pues ni aun así me enteré de que el 1º de abril era el Día de la Canción. El Día de la Canción, ¿te lo puedes creer? Y esto era bastante antes de lo de Massiel derrotando al favorito representante de la pérfida Albión, mientras los trilobites llevaban el compás. Tampoco Eurovisión es lo que fue, ¿habrá tarareado en el Paraíso el Caudillo la tonadilla de la mujer barbuda?


Nadie recuerda, pues, el Día de la Canción y eso que, a comienzos de los setenta creíamos que Franco y su régimen eran eternos… Corría un bonito chiste sobre el futuro y los discursos de Franco:

1988. “Españoles, os hablo desde el pulmón de acero…”

1999. “Españoles, os hablo desde la derecha del Padre…”

2015. “Españoles, muerto el Padre, asumo el mando…”