martes, 3 de marzo de 2015

Intemperie - Jesús Carrasco

Publicado en la popular colección Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral, allá por 2013, este corto e intensísimo texto narrativo causó un comprensible revuelo, tanto entre los críticos que lo ponían por las nubes, como entre el público lector que lo compró a cascoporro. ¿Por qué es tan bueno este libro, repleto de feísmo y tristeza?

Jesús Carrasco (Badajoz, 1970) ha sido comparado por ésta, su primera novela publicada, con el maestro Delibes. No quisiera enmendar aquí la plana de la gente entendida en la cosa de las letras, pero a mí me parece de un palo diferente, por más que estilísticamente, la precisión de un lenguaje tan rico como aseado, nos remita al autor vallisoletano; por lo demás, es más fácil recordar el tremendismo, la brutalidad, de “La familia de Pascual Duarte” de Cela, aunque yo diría que la historia de “Intemperie” es aún más fuerte, más impactante.

La portada
 
Dispongámonos a regresar a la España negra, de la que, tal vez sólo ilusoriamente, nos hemos evadido un ápice durante las últimas décadas; dejémonos paralizar de nuevo por la sempiterna sequía, a la que los políticos de la dictadura achacaban la estrechez que había imperado toda la vida en el país; situémonos una vez más en un medio rural tosco y empobrecido, del que la inmensa mayoría de los españoles procedemos, habiendo sido escupidos a las ciudades por el relumbrón del desarrollismo económico que, hace poco más de medio siglo, dejó cuatro viejos en cada pueblo. ¿Ya estamos? Pues bienvenidos al marco donde transcurre “Intemperie”.

La obra, buscando una esencialidad arquetípica, no está referenciada ni en el espacio ni en el tiempo, aunque ambos son reconocibles: no sabemos si ocurre en Andalucía, Extremadura o La Mancha, por ejemplo, pero a todos nos es familiar la desnudez del campo descrito; no sabemos si transcurre durante la posguerra, varios años antes o varios años después… Sin embargo  reconocemos esa época atascada y detenida por la que el país ha transitado la mayor parte de su historia. Aunque aquí hay un pormenor que nos centra un poco: el alguacil, el más odioso del muestrario de bestias humanas del relato, tiene una moto con sidecar, por tanto, no podemos remontarnos más atrás de los años veinte o treinta del pasado siglo: sólo un detalle, pero significativo.

Jesús Carrasco
 
Los personajes carecen de nombre y son aludidos por su desempeño en el amargo drama que vamos a devorar, tan afectados como seducidos, tan afligidos como intrigados; a veces, la circunstancia de la narración es tan dura que se hace insoportable y nos vemos obligados a tomar un respiro, hasta que la impresión de dolor que produce la lectura remite y podemos continuar; de lo contrario, se leería de un tirón. La historia está pues protagonizada por el niño, el cabrero (o el viejo), el tullido, el alguacil y sus ayudantes… Y poco más, los que se añaden, salen como de refilón, por ejemplo, la familia del niño. Los animales, el burro y las cabras, el perro, los cuervos y las palomas, las ratas, tienen una presencia de enorme significación, aunque la presencia que invade y llena la obra entera es el paisaje, la tierra, el campo, descritos con un léxico de una riqueza, elegancia y precisión apabullantes: no me extraña que se haya nombrado al autor como sucesor de Delibes. Formalmente el texto rebosa estilo, exuda la más evidente distinción literaria y aquí no podemos evitar advertir algo chocante, puesto que se está narrando un descenso a los infiernos, una inundación de miseria y mala fortuna, una catarata de mierda, vertida por el destino más atroz, sobre dos personajes desvalidos y todo esto se articula con un circunspecto lenguaje de la máxima elegancia y concisión. ¿Qué creo que consigue con esto el escritor? Aumentar el efecto devastador de la historia. Si hiciera el menor aspaviento melodramático, parte de la fuerza, de la intensidad, se desvanecería.

Un yermo infinito alberga la narración
 
¿Y qué nos es narrado con tanto vigor? Algo muy simple, que puede resumirse en el conocido refrán “Dios aprieta, pero no suelta”: un niño se escapa de su casa y de su pueblo. Al principio creemos que lo buscan, pero en realidad lo persiguen, pues posee un ominoso secreto que intuimos pero sólo conoceremos al final. Se encuentra con un viejo cabrero que, pese a iniciales reticencias, le ayuda y juntos deambularán por un inhóspito páramo, rumbo al norte, hacia unas imprecisas montañas, pasando todo tipo de penalidades, cada una más sórdida y más cruda que la anterior. Una exhibición de atrocidades ante las que el autor jamás aparece dejándose conmover o mostrando compasión: esa ausencia hace que el lector se tenga que enfrentar sólo a semejante desfile de crueldad y “disfrute” de una experiencia lectora tan intensa como tensa, tan aguda como cruda, cara a cara con el horror: enfermos del corazón, abstenerse. No vale con que te guste leer, tienes que tener cojones.

Otro elemento que a mí me pareció chocante, es la entereza del niño: no creo que Chuck Norris y Bruce Willis juntos, hubieran soportado, de haberles ocurrido durante su infancia, ni la mitad de las salvajadas a las que sobrevive el niño de la novela de Jesús Carrasco ¡qué tío, el chavalín! ¿Hubieras cavado tú en un pedregal una tumba con la mano destrozada? ¿Sin desmoronarte?

¿La moto del alguacil?
 
Ah, porque si no lo digo reviento: el niño es sobre todo un superviviente, por lo tanto sobrevive. Copio aquí el precioso último párrafo de la novela, para que te cerciores y, tranquilizado, salgas corriendo a comprarla, lo siento, el ejemplar de la biblioteca, lo tengo yo hasta el mes que viene:

“Una mañana, mientras descansaba entre las paredes de una vieja casa para peones camineros, escuchó el tamborileo de la lluvia sobre una chapa caída. Bajo el dintel desportillado asistió al insólito espectáculo que se desarrollaba sobre la tierra. El cielo repleto de nubes grises en medio de la mañana y una luz transparente que perfilaba los objetos, otorgándoles una nitidez que no recordaba. Las gotas gruesas que se partían contra el suelo polvoriento y que no penetraban en él. Entró en la casa y salió de nuevo con la orza bajo el brazo. Caminó unos metros frente a la fachada y dejó el recipiente en el suelo. Luego volvió a la puerta y allí permaneció mientras duró la lluvia, mirando cómo Dios aflojaba por un rato las tuercas de su tormento.”

Memorable.

domingo, 1 de marzo de 2015

Panorámicas Del Somontano

Situados en la localidad de Barbastro, partiendo de una cruz en el llamado barrio de santa Bárbara, tomamos un camino (el de la izquierda de los que de allí parten), que conduce al monasterio del Pueyo, casi sin pérdida posible, atravesando primero los depósitos de agua que abastecen la ciudad, luego la acequia de Selgua y transitando, a continuación, por un paisaje campestre bastante ondulado, con olivos, encinas (aquí "carrascas"), viñas y algún almendro, hasta llegar a un collado que pone Barbastro abajo a nuestra espalda y el propio monasterio arriba frente a nosotros.


El tramo final es por un ramal asfaltado de la N-240, empinado y breve, que nos da acceso al imponente edificio, cuya iglesia se puede visitar, solos o bajo la amable guía de algún padre claretiano, y donde antes había un restaurante que, bueno al principio, fue languideciendo hasta desaparecer. Así que para reponer fuerzas hay que llevar víveres (o llegar en coche hasta arriba, con lo cual la excursión, ay, se esfuma, y su encanto “se enturbia y desaparece”).


El paseo, agradable en extremo, nos ha llevado de Barbastro al Pueyo en algo menos de hora y media. Cuando dejamos de resoplar a causa de la cuesta final, lo más llamativo es la enorme cantidad de terreno que se domina desde aquella cima (“todo esto te daré, si postrado me adorases”, podría decir el demonio), en una altura más prominente que elevada, se nos permite otear toda la extensa comarca del Somontano, que aparece en una visión circular cuando se rodea el monasterio. Por el sur se funde con una mansa llanura inabarcable; por el norte, en ondulaciones cada vez más pronunciadas, se acerca a cumbres muy notables del Pirineo, siendo Cotiella y El Turbón las más visibles y cercanas.


Apetece subir un día a fotografiar un paisaje tan dilatado, aunque tropezamos con el inconveniente característico de estas tierras y de muchas otras: si el día es soleado, hace bueno y la atmósfera está quieta, la calima no nos deja ver más allá de unos pocos kilómetros. ¿Y cuándo hay buena visibilidad? Pues cuando hace un viento que se te lleva las cejas. Ajo y agua. El día que subimos se atisbaba algún pequeño foco de temporal sobre los Pirineos, con lo que “hacía un poco de aire”, como dicen aquí, y la transparencia de la atmósfera era aceptable. Así que me alegré de haber acarreado la corpulenta Pentax K5 y me puse a tomar fotografías de extensas panorámicas. Helas aquí:
Lo que me motivó de algunas, fue su calidad pictórica. Poco más y hubiera pensado que eran  acuarelas:




Y en otras, atisbamos una inconcebible extensión de terreno. Cuando haces click para agrandar, en un monitor panorámico, te puedes entretener con una gran cantidad de detalles ("El mapa y el territorio").
Vemos la azulada y densa sombra de las nubes, tamizando la luz en los campos:




La localidad de Barbastro, llamada casi cariñosamente, la "ciudad del barranqué":


 Los pueblos, en la lejanía, al pie de los montes, de ahí "Somontano":


Al fondo a la izquierda, el pueblo de Salas Altas, coronado por su ermita:


Por un lado, se va fundiendo el paisaje en llanuras bajas:



Y por el otro, hacia el norte, las ondulaciones del terreno se van elevando y los pueblos se encaraman a las sierras prepirenaicas:






jueves, 26 de febrero de 2015

La Pequeña Ciudad Episcopal En Tiempos De Los Beatles 36

23. EN MANOS DE TALIA

El lector que haya tenido la paciencia de llegar a este punto de la narración, quizá se asombre al comprobar que no, no le había conseguido dar esquinazo a Nines. Mis esfuerzos por ser desconsiderado, evasivo, descortés y desdeñoso con ella, en suma, mi comportamiento mezquino de rufián sin recato, daba en una pétrea determinación que ella había afianzado: en su versión, salíamos juntos y punto. No importaba que, herida por algún doloroso desplante, buscara consuelo en su hermana Antonia y ésta tratara de hacerla desistir de su obstinación:

 - Teo es un gilipollas – le dijo un día y Nines vino a renglón seguido ¡a contármelo a mí! – Harías mejor en desalojar a semejante mendrugo de tu cabecita: no te da más que morradas y disgustos. La verdad es que no se parece en nada a su hermano Rosendo, que es tan sensato, tan formal y que ya se gana la vida como un hombre, en lugar de seguir haciendo palotes en las libretas… Alguien de quien te puedes fiar. Y no un cantamañanas y un extravagante. Ya ves, qué pelos lleva y qué pintas de mariquita que saca, si todo Jaca se ríe de él. ¿Estás segura de que no es un mariquita y por eso no le gustas? Olvídate de ese membrillo: cuanto antes, mejor. Dentro de un par de años, se irá a estudiar fuera y si te he visto, no me acuerdo. Te la pegará con una gordita gafosa, de esas pedantes y redichas como él, y entonces te darás cuenta de que has estado perdiendo el tiempo con semejante imberbe. Es un cretino, Nines, no te merece.

En éstas tres últimas palabras estaba yo de acuerdo, aunque, pese a todo, la tenía pegada a mi sombra todo el día. Josemari que, como se ha visto, era muy bueno dando consejos, me aleccionaba:

 - No tienes nada que hacer. La Mejillones está obsesionada contigo. Tu única posibilidad de que te deje en paz, pasa por que te ligues a otra y no pueda soportar el despecho de los celos, pero viendo el éxito que tú tienes con las gachís, el asunto, ciertamente, va para largo. Mira, haremos una cosa: si cuando vayamos al viaje de estudios, aún no has conseguido sacártela de delante, nos inventaremos un idilio apasionado que habrás tenido durante esos diez días. Algo que haya ido hasta el final. Tú estarás enamorado y nosotros sostendremos la fantasía, para eso estamos los amigotes. Diremos que has vivido una tórrida pasión con una tal Macarena, por ejemplo, ya le pondremos rasgos y atributos. Y ella, en la noche andaluza olorosa de azahar, te habrá preguntado: ¿quieres que me saque las bragas? Eso es definitivo, Pinchaúvas, nosotros seremos los testigos de esa historia y la Mejillonera no te lo perdonará nunca.

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Todos en El Arcángel, acogieron con risotadas esta perorata. Todos menos Serafín que me dio una moneda para que pusiera “Los chicos con las chicas” y, cuando la canción distrajo a todos con su potente embeleso, me dijo en un aparte:

 - Esto que estás haciendo con esa chavala no es honesto, Teo. – Otro que me llamaba así y no Pinchaúvas. Y que, sin venir a cuento, iba poco a poco tratando de convertirse en una especie de mentor y consejero espiritual, siempre dispuesto a corregir mis desatinos con su sabiduría estrafalaria y beata, pero adulta. – Si no sientes un verdadero cariño por ella, no deberías darle pie a que albergue ilusiones de ninguna clase. Tú te dejas querer, porque no tienes nada mejor y te aprovechas un poco. Ella es muy cabezota y está un poco pirada, pero no se merece que andes dándole largas, hoy me vales, mañana te planto. No señor. Si tuvieras un poco de decencia, cortarías: le dirías no y no, en cualquier situación es no. Aunque esto a tu amiguita le afectaría mucho, a la larga, sería mejor para ella, que se encamina hacia una grandísima decepción. Y mejor para ti, que te quedarías con la conciencia más tranquila: ¿acaso no te remuerde por plegarte a esa insensata conveniencia? El Señor te va a escarmentar un día de estos, ya sabes que Dios castiga y sin dar voces. Sé valiente, anda, afronta ante ella que no quieres seguir con este engaño.

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Esto era muy fácil de decir y muy difícil de hacer. Chus y Josemari se mofaban a dúo, ora de mi humilde procedencia y mis escasos medios como galán rumboso, ora de su categórica ignorancia, que remedaban como si Nines fuera la mismísima tonta del bote.

Andábamos a la sazón enredados con la obra de teatro que los de sexto íbamos a interpretar en el instituto. Esta representación era un ardid maravilloso para sacarnos unas perricas, con las que hacer frente a los costos desmesurados del citado viaje de estudios, que habíamos urdido con ayuda de los profesores y que allá por el mes de mayo nos llevaría a conocer la exótica tierra andaluza. Villalobos, un profesor de literatura más paciente que un san Francisco de escayola, nos había dado a elegir entre varias obras teatrales y nosotros habíamos escogido “El médico a palos”, en versión de Fernández de Moratín, que era la más fácil de comprender y la de más risa, aunque sabíamos que él hubiera preferido algo de Lorca, o “Luces de Bohemia de Valle-Inclán, que era un tostón indescifrable, claro que así eran los profesores, sofisticados como el Martini. Para más inri, a las chicas les cayó mal la elección y, como si se tratara de una sola sosaina con más cabezas que la hidra, todas se negaron a hacer el papel de Martina porque, argumentaban, al tratar de dárselas de dicharacheras y graciosas, quedarían ante todo el pueblo como unas ridículas payasas.

Chus se había ganado, en reñida competencia, el papel protagonista del supuesto médico, Bartolo, que mi amigo se aprendió en dos días y declamaba con una cómica voz de palurdo y con una desenvoltura y un desparpajo que nos dejaba turulatos. Pero Villalobos estaba desesperado: no conseguía dar con una Martina cuyo desenfado la hiciera creíble porque las chicas boicoteaban con su ñoña pasividad el papel.

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Yo, relegado a un modesto desempeño de ayudante de tramoyista y decorador, a las órdenes de Mateo, cometí el imperdonable desliz de comentarle a Nines el problemita y ella, con un aplomo que no le sospechaba, me contestó:

 - Si quieres, puedes preguntarle a tu profesor si puede darle el papel a alguien de fuera del instituto. A mí se me da muy, pero que muy bien, hacer comedias, todos los que me han visto lo dicen: piensan que me sale con mucha gracia. Y no paso ni un tanto así de vergüenza.

Le iba a responder que no dijera animaladas, que sólo me faltaba eso, que iba a ser, una vez más, la rechifla de todo el pueblo… Pero Josemari había oído su insensato ofrecimiento y decidió meter baza:

 - Pinchaúvas, no seas moro. Deja que se lo digamos al Villalobos: por intentarlo no se pierde nada. La Meji… Nines, si él está de acuerdo, va al instituto, dice unas frases de Martina a modo de prueba y entonces decidimos si vale o no vale. ¿Qué te parece, chata?

 - Pero, ¿os habéis vuelto locos o queréis tomarme el pelo hasta que la cabeza me brille como una bombilla? ¿No os dais cuenta de que las otras víboras, que ni comen ni dejan, se van a reír de ella y de mí hasta que se les salten las varillas del sostén? – Respondí, ya bastante amoscado.

 - Tranquilo, Pinchaúvas que te va a dar un infarto: tú deja que la niña demuestre su talento.

 - Va, Teo, por favor, por favor. Me hace mucha ilusión y sé, porque lo sé, que tengo facilidad para hacerlo bien.

Me rendí: me iban a coronar como el mayor idiota de la clase. Y el Villalobos despacharía a Nines en seis décimas de segundo: no había más que oírla hablar con su voz de pito desafinado.

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miércoles, 25 de febrero de 2015

Ay, Ese Himno Sin Letra...

La materialización más convincente que encuentro del sentimiento nacionalista es la de un pedo: el mío me produce satisfacción y puede parecerme, en determinadas situaciones, incluso gracioso. El de los demás es asqueroso y apesta.

Puestas así las cosas, no entiendo por qué habría de sentir una emoción negativa ante, por ejemplo, la pitada al himno español en la final de la Copa del Rey de baloncesto por parte de la hinchada barcelonista en Las Palmas, este año; o el aquelarre de Vitoria en la final de 2013; o la madre de todas las pitadas, en la final de la Copa de fútbol, entre el Bilbao y el Barça, en el Vicente Calderón en 2012. Admito que las masas tienen derecho a manifestar su opinión colectiva y hay libertad de expresión, faltaría más. Para redondear la diversión, sólo hubiera faltado que las autoridades de Las Palmas, en un inimaginable ejercicio de cintura e imaginación política, hubieran dado paso a continuación, en la megafonía, a una grabación de “Els Segadors”. Eso hubiera puesto el pabellón calentito, calentito. Aunque, ¿se imagina alguien por un momento que los hinchas del Real Madrid, en un ataque de respeto, se ponen a escuchar en silencio el himno de la comunidad de sus adversarios deportivos? ¿A que no? Y es que las masas se expresan de un modo muy previsible. Masa y masacre son palabras de la misma familia, creo.
 
Pero más allá de una indignación que no siento, o que lamento mucho sentir, la reflexión que me trae hoy a esta página, es la nula articulación de nuestro pedo patrio: no tiene letra. Un himno sin letra, qué anómala carencia. En los pasados mundiales de fútbol, de los que fui telespectador asiduo, todos los combinados nacionales, en respetuosa formación, con una mano en el pecho y los ojos entornados, canturreaban la letra, al sonar el himno propio. Los chilenos que se enfrentaban a nuestra selección, tras entonar algo tan bizarro como: “Que o la tumba serás de los libres, / O el asilo contra la opresión”, nos pasaron por encima, claro, nosotros sólo habíamos cantado: “Lolo loro-lo loró lo-loró lolololó loló lorololooo looo-ló” y así no se va a ninguna parte. Esta es la letra con la que se entona últimamente nuestro himno y, claro, no infunde ánimos. Franceses y catalanes tienen himnos con una bonita letra, aunque yo, personalmente, prefiero la del de Asturias.
 
Y no es que no haya habido intentos por dotar a nuestra marcha real de una letra adecuada: en tiempos de Su Excelencia era extremadamente popular esta versión: “Franco, Franco, / que tiene el culo blanco / porque su mujer / lo lava con Ariel… / Burro, zopenco, / cuadrúpedo, animal, / que con el tiempo lle / garás a re / buz / nar.” Naturalmente está muy lejos de mi intención pedir que se oficialice esta letra. No sólo está pasada de moda, sino que además su carácter bufo nos acarrearía la rechifla de la Asamblea General de la ONU.
Por otra parte, también del lado oficial hubo un intento de corte falangista que no prosperó. Lo recojo aquí, porque el poeta José María Pemán dio lo mejor de sí con una letra que, en definitiva no cuajó:
 
¡Viva España! / Alzad la frente, / hijos del pueblo español / que vuelve a resurgir. // Gloria a la Patria / que supo seguir / sobre el azul del mar / el caminar del sol.
 
¡Triunfa, España! / Los yunques y las ruedas / canten al compás / nuevos himnos de fe. // Juntos con ellos / cantemos en pie/ la vida nueva y fuerte / del trabajo y paz.”
 
Con esto arreciarían los silbidos. Y a día de hoy, encontrar una letra de consenso y una música que concitara el respeto o el afecto de la mayoría de los moradores de las diecisiete autonomías es… Misión Imposible. Ni con la ayuda de Tom Cruise podría llevarse a cabo.
 
Yo, por si acaso, dejo aquí esta propuesta, por si este año Bilbao y Barça vuelven a la final de la Copa:
 

viernes, 20 de febrero de 2015

Boyhood (Momentos De Una Vida) - Richard Linklater

Voy a permitirme decir cuatro tonterías (más) acerca de la película sobre la que todo el mundo habla, a la que le pueden caer 6 oscars (o ninguno) y que se tiene (con razón) como una de las obras cinematográficas más originales de los últimos cincuenta años (por lo menos).

 
Se trata de Boyhood, escrita y dirigida por Richard Linklater. Esta película permite un experimento la mar de desconcertante:

Tómese una escena aislada, suelta, de unos diez o quince minutos al azar: uno creerá estar viendo un telefilme de la sobremesa de los sábados, uno de los más anodinos, un adocenado pastelazo sobre los típicos modos de vida norteamericanos, con todos los topicazos al uso, apto para sestear con un ojo abierto y otro cerrado.

A continuación, ábrase uno una amplia ventana temporal, sin compromisos ni obligaciones, para ver de un tirón una película de una duración desaforada (viene a ser tan larga como las del Señor de los Anillos), póngase cómodo, provéase de medio quintal de palomitas, atenúe la luz ambiental y dispóngase a asistir al milagro.

Así se abre
 
Tengo que contradecir a Mason, el niño/muchacho/joven de la historia: sí, chaval, hay magia en el mundo. Yo he sido testigo de un suceso que sin duda pertenece al ámbito de la hechicería. De lo contrario, no me explico el fenómeno que se desarrolló ante mis ojos: una sucesión de hechos banales, una secuencia de situaciones trilladas, vistas hasta la náusea en el cine americano reciente, una cadena de anécdotas entre lo insípido y lo melodramático, acaba trenzando un conjunto monumental, conmovedor, épico, de una sinceridad devastadora, redondo, contundente… ¿Es o no es un milagro? ¡Existen los elfos, Mason! Explíqueme usted eso en términos racionales. Imposible: como dice el padre del chico, “todos estamos igual de confusos”. Maravillosa no, lo siguiente.

... Y así se cierra.
 
Intentaré remitirme a los hechos:

Una familia un tanto desestructurada es filmada en su cotidianeidad a lo largo de doce años. La narración se centra en Mason que, al comienzo de la cinta es un niño de seis años, al que seguiremos en su evolución y desarrollo hasta que tiene dieciocho e ingresa en la universidad. Ya está toda la historia contada. Como siempre, te acabo de chafar el final.


El protagonista en tres momentos de la película
 
El chiste es que, tanto Mason (Ellar Coltrane), como su hermana Samantha (Lorelei Linklater), su madre Olivia (Patricia Arquette) y su intermitente padre (Ethan Hawke), están encarnados por los mismos actores a lo largo de un transcurso real de doce años de filmación. Lo nunca visto, desde luego: en la primera secuencia del film, Mason es un niño de seis años que le dice a Olivia, su madre, que ya sabe de dónde vienen las avispas: “creo que si echas agua al aire de una forma especial, se convierte en avispa.” En la última secuencia, una encantadora muchacha de la que Mason, a juzgar por las miradas que le echa, se está enamorando, dice: "¿Sabes eso que se dice de aprovechar el momento? No sé, empiezo a pensar que es como al revés: que el momento se aprovecha de nosotros.” A lo que un Ellar Coltrane doce años mayor, en el papel de Mason, contesta: “Sí. Sí, es verdad. Es constante. El momento es como… Como que siempre es ahora mismo, ¿no?” “Sí.” Más miraditas e irrumpen los créditos, pero… ¿Por qué coño es tan emocionante? A mí no me preguntes: ya se me había parado el corazón antes una docena de veces. Puede que ahí esté el secreto. El tal Richard Linklater escribe, dirige y filma con el corazón. Y, como decía el filósofo Pascal, “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Y si la ves y dices ¡pero si es un truño! Pues mira, te daré la razón (y con ella te quedarás).

La madre
 
Creo que el secreto de este mosaico tan bello, hecho con unas piezas tan humildes, está en su sinceridad, en su verdad vital sin tapujos, sin amaños, sin escamoteos, sin moraleja. Las contradicciones de la existencia, tal como la desarrollamos actualmente en los países del primer mundo, están mostradas con un grado tal de franqueza y penetración que desarman casi todos los prejuicios, los míos por ejemplo. ¿Puede mostrarse la descomposición familiar con ternura? Individualismo, tolerancia, soledad, competencia, comprensión, angustia, solidaridad… ¿Pueden ser las facetas de una misma situación? Y la pregunta del millón: si somos o nos sentimos tan libres, ¿por qué estamos tan demostrablemente programados? La articulación de estas cuestiones en el ámbito más cotidiano, sin artificios ni intenciones de demostrar nada, compone el entramado de un tapiz donde, al final, nada es tan insignificante como parecía.

La hermana
 
La obsesión por ser enrollado, la importancia del perfil de Facebook y el éxito laboral, consistente servir mesas en un restaurante, están filmados con una fotografía funcional de telefilme setentero. Solo cuando vemos a través de los ojos de Mason, que tiene vocación de fotógrafo, apreciamos la belleza de los paisajes deslavazados y semidesérticos de Texas. A mí se me han despertado las ganas de ir a conocer el Big Bend. La contención de los actores le da, a toda la película, una sencillez de documental, reforzando la naturalidad de la ambiciosa propuesta. ¿Se convertirá como apunta en un referente generacional, algo así como le pasó a Forrest Gump? No tengo ni idea, pero he disfrutado como un orco.

El enrollado e irresponsable padre
 
Y, sin saber por qué y sin venir a cuento, dejo aquí apuntado que me ha recordado a Fanny y Alexander de Bergman. Casi nada la del ojo y lo llevaba en la mano.
 
Mason en bici.
 

miércoles, 18 de febrero de 2015

Paisajes, De La Fotografía Al Lienzo

Cuando tenía quince años y cursaba sexto de bachillerato en el instituto de Jaca, una asignatura de las comunes, ahora no recuerdo si se llamaba historia del Arte Universal o Historia Universal del Arte, me hizo concebir una de las ideas más disparatadas que he tenido en mi vida. Tras rumiarla un rato, me dirigí a la cocina y dije: “Madre, quiero ser artista.” “¿Cómo Marisol y Rocío Durcal? Pero hijo, si además de que no sabes cantar, eres feúcho y llevas unas gafas de culo de vaso que no habrá cámara que pueda disimular.” “No madre, no me refiero a los artistas de la canción o de la pantalla, yo quiero ser pintor, como Van Gogh, Cezanne o Gauguin.” “No sé quiénes son esos, ¿van a tu clase?” “No. Me refiero a unos artistas célebres que fueron bohemios y pintaban cuadros.”

Cuadro de una postal de Laspuña
 
Mi madre quiso disuadirme, porque entonces era ya cosa sabida que ese tipo de artistas se morían de hambre. En cambio, mis amigos de aquel tiempo despreocupado y feliz, me animaron con el siguiente argumento: “Si Beethoven que era casi completamente sordo, componía una música maravillosa y sublime, tú que eres casi completamente ciego, partes con mucha ventaja para ser un genio de la pintura, ¿o no?”

Bueno pues dicho y hecho: me compré un caballete de madera, un par de lienzos con bastidor marca Taker, unos pinceles y espátulas económicos, una paleta rectangular de madera y un surtido de tubos de pintura al óleo marca Ticiano, que eran los más baratos que encontré en una maravillosa tienda de Jaca, que se llamaba Rufas y que, según creo, tras su desaparición fue trasladada intacta al callejón Diagon, al mundo mágico de la saga Harry Potter.

Cuadro de una postal de Bielsa
 
Como, sin ser consciente de ello, estaba dotado con un talento plástico muy limitado y no tenía ni idea, por aquél entonces, de lo que era el arte (luego lo aprendí: consiste en pasar muchísimo frío), mis primeros tanteos fueron un tanto mamarráchidas. Hacía arte naïf sin saberlo, qué cosas. Al final, me instalé en la paisajística, estudié los amenos manuales de Parramón y practiqué copiando cuanta reproducción, postal, lámina o calendario caía en mis manos. Probé lo de pintar del natural, pero vivo en una tierra donde hace muchísimo viento, y caballete, lienzos y demás enseres salían volando a menudo, mientras mis reniegos abochornaban a pastores, labriegos y carreteros, que se ruborizaban al oír determinadas expresiones…

Foto del Cinca cerca de Monzón
 
Cuadro del Cinca cerca de Monzón
 
El caso es que tomé la costumbre de hacer una fotografía cuando un paisaje me decía algo. Luego, en casa, tranquilamente, reinterpretaba la toma y pintaba sin desmayo. Hoy me he dado de bruces con dos más de esas viejas fotos que se transmutaron en obra pictórica. Qué tiempos.

Antes de abandonarlo por completo, hice, con uno y otro colega, alguna exposición, no del todo catastrófica que, estás avisado, amenazo con traer en un futuro cercano a esta página. Lo dejé, sin excesiva amargura, cuando me di cuenta de que ni con el más intenso trabajo se suple la carencia de talento.
 
Foto del Pino de Binaced
 
Cuadro del Pino de Binaced
donado al Ayuntamiento de Monzón
 
 

domingo, 15 de febrero de 2015

Dimorfismo Sexual

Apasionante fenómeno, éste del dimorfismo sexual, que se da cuando, en una especie animal determinada, la hembra y el macho tienen un aspecto exterior muy diferenciado. Puede ser distinto tamaño, diferente color, presencia o ausencia de apéndices, órganos o caracteres en marcada disimilitud, excluyendo, claro está, los del aparato reproductor, cuya desigualdad puede ser más o menos patente, pero siempre estará allí.

En esto, como en todo, hay grados: la cornamenta distingue exteriormente a machos y hembras de diferentes ungulados, en muchos casos los ciervos se suelen distinguir así de las ciervas. Otro ejemplo cercano: entre los patos salvajes, suele darse un leve dimorfismo basado en el color del plumaje, que es pardo terroso en las hembras y con algún color más vivo, verde brillante en el cuello y la cabeza, en los machos. Aquí se nos ilustra el “interés” de la naturaleza por la preservación de la especie y no del individuo: como la hembra es la que cría, se facilita su camuflaje. El presumido macho es más prescindible, aquí ser “bonito” no es ningún privilegio, pues  te hace más visible para los cazadores y otras bestias dispuestas a darte matarile.


En ocasiones, el dimorfismo sexual es tan acentuado, que a los ojos de un ignorante como yo, el macho y la hembra parecen dos bichos diferentes, de tal modo que si me fuera dado contemplar su apareamiento, creería estar asistiendo a un episodio depredatorio o a una inimaginable perversión.


Entre las láminas de mi vieja enciclopedia, que consulto las tardes en las que no tengo nada mejor que hacer, he hallado ésta que me parece muy atractiva y oportuna para ilustrar la festividad de san Valentín, si no fuera porque ya ha pasado. En el punto del dimorfismo sexual, adolezco de un sesgo que no soy capaz de esquivar: hay uno que me parece interesante en extremo y los demás, simplemente curiosos. Me refiero, claro está, al que se da en la especie que los zoólogos especializados en taxonomía denominan “homo sapiens”. Los caracteres sexuales secundarios de la hembra de esa especie son de sumo interés incluso para algunos profanos entre los que me cuento. En internet, de todos modos, se encuentran infinidad de láminas monográficas sobre el tema, de modo que no creo necesario ahondar aquí en ello.