El insulto es un ataque, un asalto, una
demolición de la fama o del honor de la víctima del agravio verbal. Creo haber
leído (en una novela de ciencia ficción de los 90) que la fama es todo aquello
que los demás saben o creen saber de ti mismo, mientras que el honor es aquello
que tú no puedes ignorar de ti mismo. Parecería pues que un insulto puede
ensuciar la fama de un ser humano, pero para enturbiar su honor, hace falta dar
en la diana y abrirle los ojos a una evidencia desconocida. Ser tratado con
respeto pone a salvo, de todas formas, tu fama; en cuanto al honor, tú sabes si
lo posees o lo has perdido.
Uno está sumergido en la sensación
desalentadora de que, últimamente, todos nos hemos perdido mutuamente el
respeto; sin embargo las injurias son cosa de toda la vida y de todos los
tiempos, sobre todo durante la niñez, en la que van curtiendo nuestra delicada
piel, hasta convertirla en un recio y calloso caparazón. Yo tuve que lidiar
toda mi infancia con Cuatrojos, Cegato, Rompetechos y Gafotas. Los niños se
insultan con una ferocidad y una puntería desconcertantes y no estoy hablando
del acoso, sino del pan nuestro de cada día. Estoy seguro de que los docentes en
activo tratan de sofocar diariamente varios fuegos cruzados de insultos en las
aulas, pasillos y zonas deportivas o recreativas de cualquier centro de
enseñanza.
- ¿Y colaba?
– A veces.
Todo esto viene a cuento de estar leyendo
el “Inventario General de Insultos” (1995) de Pancracio Celdrán Gomáriz, una
genuina obra de consulta para todo deslenguado que quiera alzarse por encima de
la barrera de lo soez y lo limitado en que ha caído en la actualidad el
muestrario de improperios, que se limita hoy a unas pocas palabrotas cuya
reiteración obsesiva ha devaluado, amortecido, descafeinado y desafilado su
poder devastador sobre la fama ajena.
Y es una lástima porque, en el ámbito
español, la fama ajena es algo que, de forma obsesiva, nos vemos compelidos a
mancillar, menospreciar y, si fuera posible, devastar con un epíteto certero y
oportuno. Pongo por ejemplo al político cuya posición ideológica nos produce
rechazo. Por supuesto que no nos molestaremos en rebatir sus argumentos (en
caso de que los expusiere), faltaría más, que tuviéramos que ponernos a pensar.
Es mucho mejor y más simple la descalificación: XX es un memo, un rufián, un
tarugo, un sarnoso, un odioso pisamierdas. Y tan anchos.
Recuerdo un viejo chiste en el que un
nuevo Dante baja al infierno. Los condenados están en gigantescas calderas de
aceite hirviendo, agrupados por nacionalidades: los holandeses, los franceses,
los italianos, los ingleses… De cuando en cuando, un réprobo consigue trepar
por el interior de la caldera hasta agarrarse al borde. Entonces, uno de los
demonios, con un tridente, empuja al infortunado que cae de nuevo al fondo de
la marmita. En esto, el visitante del infierno observa que no hay ningún diablo
vigilando la caldera de los españoles y pregunta a los guardianes: “¿Y no
tenéis miedo de que los españoles escapen del fuego?” “Quiá”, le responden,
”cuando un español trepa por la pared interior, mucho antes de que llegue al
borde, sus compatriotas ya se encargan de cogerle de los pies y arrastrarle
otra vez al fondo”.
Bueno, pues volviendo al libro, que ha de
leerse de forma intermitente, ya que nos hallamos ante un extenso diccionario,
el autor, Pancracio Celdrán, define el significado de cada denuesto, lo sitúa
en época y contexto, de modo que remite con frecuencia a obras clásicas de
lexicografía o etimología, ubicándolo en citas literarias, poemas y refranes,
que enriquecen lo que de otro modo sería un seco muestrario. Cervantes, Quevedo
y el siglo de oro, en general, tienen una notable presencia ya que, en aquella
época, más brillante que feliz, los escritores de relieve eran unos maestros en
el arte del agravio, la injuria y el baldón.
Dado mi talante malévolo, eludiré por superfluo
el comentario de lo mucho que me he divertido, sobre todo con aquellos términos
más desusados de nuestra acerada bilis patria. Te dejaré algunos para que
puedas reducir el círculo de tus amistades. Por orden alfabético, pues recuerdo
mis tiempos en la escuela, donde hacía escribir a los niños “el abecedario de
las flores”, “el abecedario de las frutas” o “el abecedario de los nombres de
persona”. Nunca, claro, les animé a escribir el abecedario de los insultos (no
hacía falta): Acémila. Borrego. Cabestro. Dompedro. Estafermo. Fargallón.
Gurrumino. Hediondo. Inepto. Julandrón. Lechuguino. Mastuerzo. Necio.
Ñiquiñaque. Orate. Pelafustán. Quejica. Robaperas. Sabandija. Trapisondista.
Uñilargo. Vilordo. Yeti. Zullenco.
Uno por letra, difícil elección, todos
están extraídos del “Inventario General de Insultos”, todos están definidos y
glosados por don Pancracio Celdrán; he aprendido algunos que desconocía, aunque
el ingenio del capitán Haddock y de los personajes de Francisco Ibañez ya me
habían puesto en contacto con el grueso de la obra, excepción hecha de las que
mi hijo aún denomina “palabrotas”, que esas se aprenden en la calle.
No enlazo al libro, que es fácil de
encontrar en PDF, y termino con unos versos del mismo que me califican al pelo,
pues hoy me he extendido de lo lindo:
“Pedancio: a los botarates
que te ayudan en tus obras
no los mimes ni los trates:
Tú te bastas y te sobras
para escribir disparates.”
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