Goran Govnic nació en 1963 en Zenica, a
orillas del río Bosna, donde consagró toda su infancia a la pesca ilegal de la
carpa y otros ciprínidos.
Fue el muchacho que aparece sacando
brillo al Mercedes 600 descapotable del mariscal Tito en una foto que, en 1977,
tomó un reportero de Efe en Belgrado. Estaba destinada a dar la vuelta al
mundo, pero un policía decomisó la cámara y la imagen no apareció hasta 2003,
cuando se subastó en la capital serbia el vehículo que otrora perteneciera al egregio
mariscal, creador en su día de la nueva Yugoslavia.
Un libro que Goran sustrajo en la escuela primaria
de Zenica marcaría su vida: se trataba de una traducción al croata de “Por
quién doblan las campanas” de Hemingway, novela que le impactó tanto que
decidió consagrar su existencia a la literatura y a las aventuras guerreras.
Para éstas últimas, tuvo que esperar más
de una década, aunque pudo resarcirse sobradamente ya que, entre 1992 y 1995,
combatió en la guerra de Bosnia, militando sucesivamente en los tres bandos
implicados en el conflicto. A raíz de sus experiencias, redactó dos voluminosos
manuscritos que, con los títulos de “El amante de la mira telescópica” y “El
arte de volar la cabeza”, ofreció a numerosas editoriales, las cuales
rechazaron las obras por considerarlas ficciones pésimamente articuladas, con
material sensible, de mal gusto y cuajadas de errores sintácticos y de faltas
de ortografía. Estos sinsabores y el afán de continuar con una vida de acción,
orientaron su ulterior existencia.
Trató de alistarse en los cascos azules
de la ONU, pero le rechazaron por corto de vista y por padecer de pies planos,
de modo que emigró a Sudamérica, en busca de conflictos donde sentirse útil. En
2004 se incorporó a las FARC y fue uno de los guardaespaldas personales de
Tirofijo, aplicándose asimismo en la provechosa iniciativa consistente en
secuestrar a los retoños de los más conspicuos enemigos del pueblo.
Pese a haber comenzado su nueva andadura
con buen pie, sus múltiples adicciones le encaminaron al desastre y murió en
2007, durante una reyerta en un tugurio de Bucaramanga, peleando a machete con
un hombre que le llamó “Macilento”, apodo que Goran no podía soportar: incluso
el mismísimo Tirofijo se veía obligado a aludirlo, con el apelativo en
cuestión, a sus espaldas.
No se ha conservado ninguno de sus
manuscritos, ya que los utilizó entre 2004 y 2007 para envolver el bocadillo
que se llevaba a su trabajo de matón a sueldo, en el cual apenas pudo cumplir
el primer trienio de antigüedad, el que se gratificaba con el reloj de oro:
pese a todo éste es el único recuerdo que luce en su tumba de Los Manglares de
San Francisco, donde descansan sus restos. Quienes le conocieron, hablan de un
hombre poco agraciado pero comedido, de una exquisita urbanidad en la mesa, de
una inmaculada rectitud en las timbas de juego y muy caballeroso con las damas,
a las que pagaba sus servicios con una mítica largueza.
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