martes, 26 de enero de 2016

Insulte, Pero Primero Consulte: Inventario General de Insultos - Pancracio Celdrán

El insulto es un ataque, un asalto, una demolición de la fama o del honor de la víctima del agravio verbal. Creo haber leído (en una novela de ciencia ficción de los 90) que la fama es todo aquello que los demás saben o creen saber de ti mismo, mientras que el honor es aquello que tú no puedes ignorar de ti mismo. Parecería pues que un insulto puede ensuciar la fama de un ser humano, pero para enturbiar su honor, hace falta dar en la diana y abrirle los ojos a una evidencia desconocida. Ser tratado con respeto pone a salvo, de todas formas, tu fama; en cuanto al honor, tu sabes si lo posees o lo has perdido.

 
Uno está sumergido en la sensación desalentadora de que, últimamente, todos nos hemos perdido mutuamente el respeto; sin embargo las injurias son cosa de toda la vida y de todos los tiempos, sobre todo durante la niñez, en la que van curtiendo nuestra delicada piel, hasta convertirla en un recio y calloso caparazón. Yo tuve que lidiar toda mi infancia con Cuatrojos, Cegato, Rompetechos y Gafotas. Los niños se insultan con una ferocidad y una puntería desconcertantes y no estoy hablando del acoso, sino del pan nuestro de cada día. Estoy seguro de que los docentes en activo tratan de sofocar diariamente varios fuegos cruzados de insultos en las aulas, pasillos y zonas deportivas o recreativas de cualquier centro de enseñanza.

 
Tengo la imprecisa teoría de que el insulto nos da más detalles acerca de la persona que lo profiere que de la que lo recibe. Y esta certeza difusa me llevaba, en el desempeño docente, a tratar de atajar las acometidas verbales tratando de explicar qué nos decían acerca del talante del agresor. Por ejemplo una de mis alumnas llevaba el nada antiestético nombre de Rebeca y sus escarnecedores aprovechaban que estaba un tanto entradita en carnes, para llamarla Rebaca, muestra soberbia de destreza en la crueldad. En estos casos, sancionar sirve de muy poco y mi intervención tendía a brindar la idea de que si te metes con una persona porque tiene una masa corporal algo generosa, tal vez el problema es tuyo, al ser incapaz de aceptar a los demás tal como se te muestran y eso te llevará, tarde o temprano, a la marginación, a la carencia de amigos y, por supuesto, a la infelicidad, ya que acabarás no aceptándote a ti mismo. - ¿Y colaba? – A veces.

 
Todo esto viene a cuento de estar leyendo el “Inventario General de Insultos” (1995) de Pancracio Celdrán Gomáriz, una genuina obra de consulta para todo deslenguado que quiera alzarse por encima de la barrera de lo soez y lo limitado en que ha caído en la actualidad el muestrario de improperios, que se limita hoy a unas pocas palabrotas cuya reiteración obsesiva ha devaluado, amortecido, descafeinado y desafilado su poder devastador sobre la fama ajena.

Y es una lástima porque, en el ámbito español, la fama ajena es algo que, de forma obsesiva, nos vemos compelidos a mancillar, menospreciar y, si fuera posible, devastar con un epíteto certero y oportuno. Pongo por ejemplo al político cuya posición ideológica nos produce rechazo. Por supuesto que no nos molestaremos en rebatir sus argumentos (en caso de que los expusiere), faltaría más, que tuviéramos que ponernos a pensar. Es mucho mejor y más simple la descalificación: XX es un memo, un rufián, un tarugo, un sarnoso, un odioso pisamierdas. Y tan anchos.

Recuerdo un viejo chiste en el que un nuevo Dante baja al infierno. Los condenados están en gigantescas calderas de aceite hirviendo, agrupados por nacionalidades: los holandeses, los franceses, los italianos, los ingleses… De cuando en cuando, un réprobo consigue trepar por el interior de la caldera hasta agarrarse al borde. Entonces, uno de los demonios, con un tridente, empuja al infortunado que cae de nuevo al fondo de la marmita. En esto, el visitante del infierno observa que no hay ningún diablo vigilando la caldera de los españoles y pregunta a los guardianes: “¿Y no tenéis miedo de que los españoles escapen del fuego?” “Quiá”, le responden, ”cuando un español trepa por la pared interior, mucho antes de que llegue al borde, sus compatriotas ya se encargan de cogerle de los pies y arrastrarle otra vez al fondo”.

 
Bueno, pues volviendo al libro, que ha de leerse de forma intermitente, ya que nos hallamos ante un extenso diccionario, el autor, Pancracio Celdrán, define el significado de cada denuesto, lo sitúa en época y contexto, de modo que remite con frecuencia a obras clásicas de lexicografía o etimología, ubicándolo en citas literarias, poemas y refranes, que enriquecen lo que de otro modo sería un seco muestrario. Cervantes, Quevedo y el siglo de oro, en general, tienen una notable presencia ya que, en aquella época, más brillante que feliz, los escritores de relieve eran unos maestros en el arte del agravio, la injuria y el baldón.

Dado mi talante malévolo, eludiré por superfluo el comentario de lo mucho que me he divertido, sobre todo con aquellos términos más desusados de nuestra acerada bilis patria. Te dejaré algunos para que puedas reducir el círculo de tus amistades. Por orden alfabético, pues recuerdo mis tiempos en la escuela, donde hacía escribir a los niños “el abecedario de las flores”, “el abecedario de las frutas” o “el abecedario de los nombres de persona”. Nunca, claro, les animé a escribir el abecedario de los insultos (no hacía falta): Acémila. Borrego. Cabestro. Dompedro. Estafermo. Fargallón. Gurrumino. Hediondo. Inepto. Julandrón. Lechuguino. Mastuerzo. Necio. Ñiquiñaque. Orate. Pelafustán. Quejica. Robaperas. Sabandija. Trapisondista. Uñilargo. Vilordo. Yeti. Zullenco.

 
Uno por letra, difícil elección, todos están extraídos del “Inventario General de Insultos”, todos están definidos y glosados por don Pancracio Celdrán; he aprendido algunos que desconocía, aunque el ingenio del capitán Haddock y de los personajes de Francisco Ibañez ya me habían puesto en contacto con el grueso de la obra, excepción hecha de las que mi hijo aún denomina “palabrotas”, que esas se aprenden en la calle.

No enlazo al libro, que es fácil de encontrar en PDF, y termino con unos versos del mismo que me califican al pelo, pues hoy me he extendido de lo lindo: 

“Pedancio: a los botarates
que te ayudan en tus obras
no los mimes ni los trates:
Tú te bastas y te sobras
para escribir disparates.”

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