jueves, 23 de abril de 2026

Inteligencia Artificial y otros Cuentos

Hace unos meses, publiqué por mi cuenta y riesgo un libro con 30 cuentos originales. Hoy, para festejar el Día del Libro, ofrezco en este blog uno de los relatos que incluye.

Por cierto, el libro puede encontrarse en: https://v31.es/booksonline/producto/inteligencia-artificial/






EUTANASIA

El otro día, paseando por la calle 8 de marzo, dos jovencillos de unos cuarenta años o poco menos, me increparon desde el portal donde se entretenían manipulando sus móviles, joder, puto carcamal, muérete, que no hacemos otra cosa que trabajar para pagar tu jodida pensión. Acto seguido, me escupieron unos gargajos que se me colaron por la rejilla de las zapatillas. Qué cabrones y maleducados son los jóvenes hoy en día. Si me descuido, me dan dolorosas sardinetas en el cogote y al pobre Nemesio, el jueves pasado, lo zancadillearon y, al caer, se rompió la cadera, tengo que ir a visitarlo al hospital.

Esta mañana, como hacía bueno, quería ir paseando hasta el hogar del pensionista para leer la prensa. Apenas he puesto el pie en la calle, va un tipo fornido y malcarado y me agarra de la pechera, qué bien vivís los hijoputas de los jubilados con el dineral que nos retienen a los demás, y, sin esperar contestación alguna por mi parte, me ha dado con el revés de la mano en la boca y me ha partido la dentadura postiza en tres trozos que han caído sobre la acera. Antes de que me pudiera agachar para recuperarlos, los ha pisoteado haciéndolos trizas y se ha marchado riéndose a carcajadas.

Media hora más tarde, he entrado en la comisaría de la calle Solidaridad Interterritorial, sé que no hacen ni caso de este tipo de denuncias, pero me molesta la impunidad con que maltratan a los viejos en plena calle, sin que los transeúntes, casi todos inmigrantes, muevan un sólo dedo para imponer orden, tranquilidad, respeto, yo qué sé.

El policía que me toma declaración, es un hombre de mediana edad, unos setenta bien llevados, para mí que el pelo naranja que luce es implantado. No disimula su indiferencia ni su hostilidad en el interrogatorio protocolario previo a la declaración.

- Nombre completo.

- Emeterio Luján Pichón.

- Edad.

- 98.

- Estado civil.

- Viudo de matrimonio heterosexual.

- Domicilio.

- Calle Memoria Democrática, 37 bajos.

Después, cuando le doy el número del DNI frunce el ceño y me mira con renovada severidad.

- Creo que te has olvidado de algo, listillo.

No se me pasa por alto el tuteo y el tono despectivo aún más redoblado.

- No sé a qué se refiere, mi sargento.

- Subteniente, pedazo de granuja, parásito, nada menos que me avisa el ordenador de que te has saltado por todo el morro, la revisión trimestral obligatoria en el centro de salud de tu distrito. Tenías que haber ido ayer, so sinvergüenza, que todos hacéis lo mismo y os tenemos que ir encorriendo, con la de trabajo que hay. Bueno, dime qué cojones venías a denunciar.

- Me lo he pensado mejor, mi subteniente, era una chorrada, unos tipos que estaban atentando contra la salud pública, fumando en la acera de la calle Renovables.

- Huy, eso sí que no lo podemos dejar pasar, gracias ciudadano, ahora mismo mando una patrulla.

Mientras el tipo marca diligentemente un número en su teléfono, me doy la vuelta y salgo de la comisaría a paso vivo.

De camino a casa, recuerdo la última revisión trimestral obligatoria, donde ya me fue por los pelos. Agudeza visual, 30 por ciento. Agudeza auditiva, 40 por ciento. Tiempo tardado en caminar 100 metros, dos minutos y 49 segundos. Lista de palabras más larga que soy capaz de recordar al minuto siguiente, tres palabras, manzana, cuchara, bicicleta, una lista de cuatro ya la fallé. Varón. Sin hijos. Vivo solo, Pensión superior a mil euros. 98 años, por dios, 98 años. Esta vez sí que no superaré los tests, ya los pasé por los pelos la vez pasada y para mí que, como ya tenían el cupo, me dejaron marchar.

Al pobre Servando, uno de la partida de dominó, con el que coincidí, le salieron todas las pruebas mejor que a mí, menos la tensión, que la tenía a 14-9, claro coño, estaba nervioso el pobre. Pues nada, la enfermera va y le dice, bueno Servando, pásese por el centro de salud el miércoles próximo a las 9 y media, sólo será un momento, nada más un pinchacito, ni lo notará.

Ni que decir tiene que, desde hace tres meses, Servando no aparece por el bar.

Ni yo pienso aparecer por el centro de salud, que les den por culo.