Me llamó la atención el poema de Pessoa en el que compara ventajosamente el río que pasa por su pueblo con el Tajo, más grande, más importante, más caudaloso, pero con la desventaja de que no es el río de su pueblo.
En mi pueblo de nacimiento hay dos ríos, el que sale en las geografías de España que antes nos teníamos que aprender, el río Aragón, que dio su nombre al reino homónimo, y el río Gas, mucho más modesto, que no figura ni siquiera en la guía "Los 100 riachuelos más insignificantes de la provincia de Huesca".
El río Gas abraza la ciudad de Jaca por el Sur, mientras el río Aragón lo hace por el Norte. En mi niñez, ambos quedaban como a un kilómetro del casco urbano. En la actualidad, se ha edificado tanto y de manera tan desordenada, que ya no sería capaz de decir a qué distancia se encuentran.
El aludido casco urbano se halla en una pequeña elevación entre ambos ríos, de modo que para bajar al río Gas, era necesario descender una breve cuesta, tras la cual se accedía al Campo de Deportes Oroel, sede del club de fútbol Jacetano, un equipo más que modesto. Alguna tarde, bajando al río, entrábamos al campo, que tenía un magnífico césped siempre verde y nos quedábamos a ver el entrenamiento del equipo. Equipo del que solo recuerdo la peculiaridad de que tenía un portero tuerto: si le tiraban por la derecha, era magnífico en sus estiradas, mas como el balón se encaminara a la izquierda, no pillaba una. Los equipos adversarios lo sabían y siempre trataban de lanzar hacia este lado. Si el campo no estaba abierto, proseguíamos un breve camino que nos llevaba a la orilla del río.
Una glera de cantos rodados nos daba la bienvenida. La corriente era siempre de poco caudal. No quiero ni imaginarme cómo estará ahora que llueve bastante menos que cuando yo era crío. Había muchos renacuajos, a los que llamábamos cabezudos y que eran muy fáciles de capturar, pobres, los llevábamos a casa en un tarro y se morían a los dos o tres días, a lo sumo. También hallábamos en la corriente, más bien mansa, unas algas de color verde brillante, que conocíamos como babas de rana.
El imán que nos llevaba al río Gas era el baño en dos pequeñas pozas, allí las llamábamos badinas, a las que les dábamos los nombres de "la Bomba" y "el Cañón". En el Cañón había una gigantesca losa, probablemente artificial, quizá de hormigón, que sobresalía del cauce por la orilla derecha. El agua cubría poco más de medio metro y allí nos tendíamos boca abajo durante largos ratos para refrescarnos. Nadar, lo que se dice nadar, se podía nadar apenas unos metros en la Bomba, cuya profundidad era objeto de mitificación entre los chavales de Jaca. Algunos llegaban a decir que, en lo más hondo, era de hasta cinco metros, cosa que hoy creo del todo improbable. De todas formas, había un promontorio en la orilla izquierda, para tirarse de pie. No vi a nadie tirarse de cabeza.
Durante las tardes de verano, en la glera reverberaba un fulgor insoportable. Habíamos llegado hasta allí con mi amigo Enrique y extendíamos un par de toallas desgastadas y descoloridas. Lo primero que hacíamos, era inspeccionar el entorno por si había gachís y podían brindarnos el maravilloso espectáculo de sus cachas al sol. Tras comprobar con resignación que nada otearíamos, pues las gachís solían ir a la piscina, nos aprestábamos a pasar un par de horas de tranquilo solaz. Mientras Enrique tocaba la flauta, yo escribía en las piedras con un rotulador, mensajes del tipo: "Vamos a invadir la Tierra y a aniquilar al género humano", "Soy Dios y destruiré la Tierra el jueves si no os arrepentís de vuestros pecados" o "La ira de Aláh se va a desatar sobre todos los infieles que vienen a bañarse a este río". Éramos tan ingenuos que creíamos que con semejantes avisos aterrorizaríamos a los bañistas que vinieran al día siguiente. Tras la sana risa, venía el baño. Enrique se ponía sus gafas de bucear y, arrodillado o en cuclillas, inspeccionaba el fondo fluvial en busca de fauna y flora. Tardé mucho tiempo en percatarme de que el intrépido buceador no sabía nadar, por lo que jamás se aventuraba en los lugares donde cubría. Pese a todo, tenía la suficiente habilidad para atrapar un barbo con sus manos. O a veces dos. El barbo tiene una pésima fama gastronómica, dicen que sabe a barro. No obstante, en esa corriente tan limpia, la presa no era desdeñable y solía acabar en la sartén. Nunca llevamos cañas de pescar. Cuando el sol iba cayendo, salíamos del cauce vestidos pero mojados y Enrique se obstinaba en visitar un pueblecito cercano al sur del río Gas, que se llama Barós y, por aquel entonces no era un acúmulo de segundas viviendas, sino una genuina aldea. Íbamos al cementerio y nos tumbábamos boca arriba, cada uno en una lápida y hablábamos largo y tendido de la otra vida. Yo tenía dificultades para concebir que fuera mejor que ésta. Las vacaciones eran muy largas y teníamos un caudal de tiempo libre que era un auténtico tesoro. Ni había videojuegos ni soñábamos con tal cosa. Nos gustaba dibujar y jamás nos aburríamos.
Hace algún tiempo, vi en internet algunas fotos del río Gas en la actualidad, medio agostado y medio canalizado. Me dio mucha pena, porque nadie encontrará ya en las piedras los mensajes apocalípticos. Tampoco tiene pinta de que nadie se bañe ahí, parece como domesticado, agonizante y, comparado con mis recuerdos, totalmente carente de encanto.
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