martes, 14 de enero de 2014

La Hierba Roja - Boris Vian

Releo esta novela, uno de los libros-fetiche de mi juventud, y me doy cuenta de que se trata de una historia de una tristeza, más que terminal, desesperada. Es curioso, la primera vez que la leí me pareció tan graciosa como absurda. Me partía de risa, vamos.

Boris Vian (1920-1959) publicó esta novela en 1950, pero aquí, gracias a la censura que preservaba nuestros castos ojos y entendimientos de estas estridencias de erotismo, violencia, inmoralidad, burla política y ateísmo, no se editó hasta casi treinta años más tarde. La inefable Bruguera (Libro Amigo) dio a conocer una obra que no había perdido un ápice de su vigencia (yo creo que aún la había ganado). Y aún ahora parece que, no sé por qué motivo, Vian vuelve a ponerse un poco de moda (otra vez), así que me animo a hablar un poco de “La Hierba Roja”.

 
Esta novela, junto con “La Espuma De Los Días” (llevada al cine hace poco por Michel Gondry) y “El Otoño En Pekín”, forman una no declarada trilogía: son grotescas y absurdas historias de amor y de muerte, tan humorísticas como desesperadas, síntesis de lo que de maravilloso y terrible a la vez hay en la vida y en el destino del ser humano. En las tres, el protagonismo recae en una doble pareja de jóvenes enamorados, uno de cuyos personajes masculinos es, parece ser, un trasunto del propio autor, que también murió joven y a quien también aterrorizaba el aburrimiento… Si conoces cualquiera de los tres títulos y te ha gustado, deberías acometer los otros dos. Si te ha desagradado, pues ya tienes bastante.

Amén de algunas otras vanguardias literarias, el existencialismo y las concepciones surrealistas influyen en estas novelas. A pesar de su carácter de literatura un tanto experimental, son obras entretenidas y asequibles: sólo exigen del lector dejar a un lado algunos prejuicios y algún exceso de lógica racionalista, pudiendo así acceder a una corriente lógica más profunda, más propia de lo inconsciente, cuya coherencia alternativa desentraña Vian con singular pericia. En todo caso, una dramática diversión está asegurada. En todos estos relatos de Boris Vian, se manifiesta de modo diáfano, la indisoluble dualidad del erotismo y la muerte, la carga de violencia autodestructiva de la que somos portadores y una desternillante mala leche para poner en cuestión todo tipo de valores: religiosos, éticos, educativos, utilitarios, sociales… Al final, solo queda sin demoler, como un cerro testigo, un vitalismo individualista cargado de una obligación muy simple: respirar, latir, buscar el sol y el aire fresco, seguir los impulsos elementales, no resistirse a los deseos.

El estilo de Vian es ágil y dinámico y se engalana febrilmente con chistes absurdos, vocablos inventados, imágenes imposibles, dobles sentidos, juegos de palabras y comparaciones y metáforas disparatadas (un ejemplo, “nubes veloces, que se perseguían unas a otras como la policía a los huelguistas, ocultaban por momentos el sol”). Algo de todo aquello se pierde inevitablemente en la traducción, de modo que habría que leerlo en francés, pero aun así es ligero, accesible y divertido (de muerte).

 
En “La Hierba Roja” Wolf, el protagonista, es un ingeniero (como lo era el propio Vian) que, junto con su ayudante Saphir Lazuli, ha inventado una misteriosa y amenazadora Máquina. Wolf está casado con Lil y su ayudante tiene como pareja a la hermosa Folavril. Los amores de Lazuli y Folavril se ven perturbados, porque él ve un hombre de aspecto triste, vestido de oscuro, que le mira con desaprobación, siempre que abraza a su amada. Ésta visión/obsesión le perseguirá toda la novela y será uno de los desencadenantes de la tragedia.

Tampoco es que Wolf esté mucho mejor que el pobre Lazuli, (en cambio, se esgrime una curiosa y convincente razón por la que las mujeres son más fuertes). Wolf quiere deshacerse de todos sus recuerdos, pues “es insoportable, tener que arrastrar contigo lo que has sido en el pasado”. Y así nos enteramos de para qué sirve la ominosa Máquina: “Está hecha para olvidar, pero antes tienes que recordarlo todo. Sin omitir nada. Con más detalles aún. Y sin sentir lo que sentías entonces.” Así se lo explica a su ayudante, que quiere saber qué ocurre en la cabina de la Máquina: “Desde allí dentro, se ven las cosas tal como fueron. Eso es todo.”

Capítulo a capítulo, Wolf emprenderá la revisión y el borrado de toda su memoria: infancia, familia, religión, estudios, amores, pasiones… Poco a poco, la Máquina se va volviendo más peligrosa e incontrolable, convirtiendo a Wolf en un hombre sin recuerdos. Una experiencia que Wolf creía que, tal vez, podría llevarle a una vida más nítida en el puro y perfecto presente y, en cambio, le lleva… a la nada.

 
Pero mientras se incuba el desastre, asistimos a una descacharrante inauguración de la Máquina y a una melancólica fiesta posterior en la que “Wolf se aseó un poco antes de regresar a la sala donde los demás bebían y bailaban. Se lavó las manos, se dejó bigote, constató que no le favorecía, se lo afeitó inmediatamente y se anudó la corbata de otra, más voluminosa, manera, ya que la moda acababa de cambiar. Luego, aun a riesgo de que le resultara chocante, enfiló el pasillo en sentido contrario. Al pasar, hizo oscilar el fusible que servía para dar variedad a la atmósfera durante las largas noches de invierno. Debido a ello, la iluminación fue reemplazada por una emisión de rayos X de baja potencia, despuntados para mayor precaución, que proyectaban sobre las paredes luminiscentes la imagen ampliada del corazón de los que bailaban. Por el ritmo de los latidos se podía ver si amaban a su pareja.” Maravilloso e inquietante.

 
He de confesar que, como profesor joven que fui cuando leía esta corrosiva novela, me impactó especialmente la diatriba de Wolf/Vian contra la educación reglada, en unos párrafos de una virulencia enorme y de una lucidez incuestionable, que transcribo íntegros a continuación (para que no se me olviden):

“Dio un golpe al escritorio con la palma de la mano. -Mire -dijo-. Este viejo escritorio. Todo lo que rodea a los estudios es así. Cosas sucias y polvorientas. Pintura que cae de las paredes. Bombillas cubiertas de polvo y de cagadas de mosca. Tinta por todas partes. Mesas llenas de agujeros hechos con la navaja. Vitrinas con pájaros disecados y roídos por los gusanos. Laboratorios de química que apestan, gimnasios miserables y mal ventilados, escorias de hierro en los patios. Y viejos profesores estúpidos. Unos chochos. Una escuela de chochez. La instrucción… Y todo esto envejece mal. Se convierte en lepra. Se desgasta la superficie y se ve lo que hay debajo: mierda.”… … … 
 
“- Envejecer no es una tara -dijo el señor Brul. - Sí -respondió Wolf-. Deberíamos avergonzamos de nuestro desgaste. - Pero si a todo el mundo le ocurre lo mismo -objetó el señor Brul. - Y no tiene ninguna importancia -dijo Wolf-, si se ha vivido. Pero de lo que me quejo es de que se empiece por envejecer. Mire, señor Brul, mi punto de vista es simple: mientras exista un lugar en el que haya aire, sol y hierba, tenemos la obligación de lamentar no estar allí, sobre todo si somos jóvenes.” … …. …
 
 
Más adelante, sigue: “- No se vive impunemente – dijo - en un tiempo dividido en compartimientos sin caer en un fácil gusto por un cierto orden aparente. Y qué más natural, después, que extenderlo a todo lo que te rodea… - Nada más natural -dijo el señor Brul-, aunque sus dos afirmaciones sean en realidad características de su manera de ser y no de la de todos, pero sigamos. - Acuso a mis maestros -dijo Wolf- de haberme hecho creer, con sus enseñanzas y las de los libros, en una posible inmovilidad del mundo. De haber hecho que mis pensamientos se estancaran a un determinado nivel (nivel que por otra parte, ni ellos eran capaces de definir sin contradicciones), y de haberme hecho pensar que algún día, en algún lugar, podía existir un orden ideal. - Pero esto es una creencia alentadora -dijo el señor Brul-, ¿no le parece? - Cuando se da uno cuenta de que no lo alcanzará jamás -dijo Wolf-, y que hay que delegar su disfrute a generaciones tan lejanas como las nebulosas del cielo, este aliento se convierte en desesperación y se lo precipita a uno al fondo de sí mismo como el ácido sulfúrico precipita las sales de bario, para explicarlo en un lenguaje escolar.”… … …
 
E insiste, acusando al sistema, “de su chochez. De su propaganda. De sus libros. De sus aulas que apestan y de los tontos de la clase que se pasan el día masturbándose. De sus lavabos llenos de mierda y de los alborotadores solapados, de los alumnos de la Escuela Normal, verdosos y gafudos, de los del Politécnico, llenos de presunción, de los de la Central, almibarados de burguesía, de los médicos ladrones y de los jueces deshonestos… qué porquería… yo me quedo con un buen combate de boxeo… también está amañado, pero por lo menos es divertido.”

Por si su filípica no me hubiera abatido del todo, remacha: “más nos valdría aprender a hacer el amor correctamente que devanarnos los sesos delante de un, libro de historia.”

 
Menos mal que he dicho que es un libro de humor (no hay nada tan serio como el humor, ni tan lúcido como lo absurdo). Pese a todo, la hierba roja es suave y las florecillas blancas que la coronan son como la espuma (de los días).
 
 

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