jueves, 17 de octubre de 2013

El Gatopardo - Giuseppe Tomasi Di Lampedusa

La historia de Giuseppe Tomasi Di Lampedusa es, muy pero que muy condensada, la de un hombre que tiene una gran historia que contar y la cuenta maravillosamente. Sólo escribió esta novela, que supongo fruto de sus vivencias personales, de su experiencia social y cultural y, sobre todo, de su pertenencia a una clase aristocrática, en declive por obsolescencia histórica, retratada de un modo grandioso en una narración más bien breve, más bien dramática y, sobre todo, ex-qui-si-ta.

El autor
Yo no conozco ninguna novela donde, como en ésta, se aúnen una delicadeza formal, una voluntad literaria y un cuidado de orfebre de la palabra, con una tal claridad, transparencia y sencillez clásicas. De este modo es en extremo rigurosa y asequible, culta y accesible, minoritaria y popular. Cualquiera que sea el nivel del lector, éste queda muy complacido: les encantaba a mi madre y a mi catedrático de Filosofía de la Educación. Además, ahora que está tan de moda la novela histórica, ésta, sin ser de género en sentido estricto, es una cita obligada.

 
De todas formas, para el escritor fue una triste historia. No se trató del genio que se muere de hambre, pues como he dicho se trataba de un miembro de una clase privilegiada, pero pasó por la amargura de no ver publicada su novela en vida. Las principales editoriales italianas (Einaudi y Mondadori) la habían rechazado y Lampedusa falleció en 1957 de un tumor pulmonar, sin saber el monumental éxito de público que la obra iba a cosechar: tras su publicación, entre 1959 y 1960, conoció un sinfín de reediciones, fue traducida a decenas de idiomas y premiada con los galardones más relevantes en Italia y fuera de ella.

Con la crítica literaria, la cosa anduvo más dividida: si bien todos los estudiosos reconocían su rigor literario, la perfección extraordinaria en la forma y la belleza y pulcritud de su lenguaje, las modas culturales del momento, existencialismo y marxismo a la cabeza, dictaron un veredicto que iba de lo tibio a lo decididamente adverso. Bien es verdad que un panegírico, o al menos un canto del cisne, de los valores de la aristocracia liberal e ilustrada, frente a la rapaz burguesía que la sustituyó, no era entonces el más candente de los temas de interés. Y también es cierto que la obra no hace la menor concesión a las vanguardias de su siglo: salvo por algunos detalles de distanciamiento, escepticismo o ironía, parece escrita por un contemporáneo de Stendhal, pero hay quien cree que la belleza es intemporal.

 
La historia de los Salina, una familia noble, algo venida a menos, en la Italia de 1860 es el tema del relato. Garibaldi, al frente de los camisas rojas, va a desembarcar en Marsala. Francisco II, el rey absoluto del reino de Nápoles y las dos Sicilias, de la casa de Borbón, va a ser depuesto en beneficio de Víctor Manuel de Saboya, un monarca de corte constitucional, con el que se unificará Italia y las milenarias castas nobiliarias perderán sus privilegios. Don Fabrizio, el último “Gatopardo”, príncipe de Salina, agudo aristócrata y prestigioso científico, ve que los tiempos en que todos inclinaban la cabeza con un respetuoso “excelencia”, están tocando a su fin. Su sobrino y ahijado, Tancredi, percibe que ha de unirse a los rebeldes garibaldinos porque “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”, (¿nos suena, verdad?) Tras la fiebre revolucionaria, Tancredi recogerá los frutos de su hábil cambio de camisa. Se casará con la rica y hermosa Angélica, en detrimento de su prima Concetta, hija de don Fabrizio, con la cual su futuro político hubiera corrido riesgos por falta de dinero. En cambio Angélica es hija de don Calogero Sedara, un acaudalado miembro de la ascendente clase burguesa. Don Fabrizio opina que los gatos salvajes (como él) serán sustituidos por chacales (como don Calogero) y debe situar a su sobrino Tancredi, a quien quiere más que a sus hijos, en una situación ventajosa en el mundo que se avecina.  

Más allá de la historia, la novela es un poderosísimo tapiz, con un retrato colectivo de un pulso impresionante por lo certero, donde puedes pasear la vista por la decadencia de la aristocracia, su pérdida de poder, influencia y privilegios, el despilfarro de sus patrimonios en ruinas, que se lleva a cabo en ostentación, en rutilantes fiestas y bailes. También se pintan con vivos colores la vida rural en la Sicilia de 1860, la caza, la violencia en una tierra irredenta, el oscurantismo, la influencia de la iglesia, las intrigas, la vida sentimental en el postromanticismo, el tedio de la estrecha convivencia en círculos sociales cerrados, la miseria y el atraso seculares, todo en un clima inmisericorde, seco y abrasador. La combinación de lucidez, escepticismo y amargura no deja el menor resquicio a la esperanza.

 
Los dos capítulos finales son desgarradores. En el penúltimo, con un salto narrativo de veinte años, se narra la muerte de don Fabrizio con unos tintes tales que parece el final de toda una época, que se despide con una solemnidad y una tristeza inenarrables. Pero es el octavo y último el que ahonda en la desgracia y la futilidad de todos los destinos humanos: ya estamos en 1910 y las hijas de don Fabrizio son tres octogenarias, solteronas beatas, que han dilapidado el último rescoldo de su patrimonio en adquirir reliquias sagradas, por lo demás, falsas. Todos los tibios esplendores del pasado, las ambiciones, las esperanzas, se han finiquitado. Concetta no ha podido superar el desengaño amoroso que le produjo su primo Tancredi que, por lo demás, lleva años muerto, polvo al polvo, ceniza a la ceniza…

Más famosa que el libro se hizo la película, dirigida por Luchino Visconti, que se estrenó en 1963 y que tuvo en su época un portentoso éxito de público, gracias a su popular reparto: nada menos que Burt Lancaster, como don Fabrizio; Alain Delon, como Tancredi, y Claudia Cardinale, en el vértice de su sensualidad y belleza, como Angélica.
 
Burt Lancaster encarna al príncipe Salina, ¡qué clase!
La película, con un metraje que alcanza las 3 horas está, como casi todas las del cine italiano de aquella época, a mi modo de ver, un tanto sobrevaluada. No quiero decir que no sea buena, sino que no lo es tanto como su fama acredita, ni como el libro le hubiera permitido. Para las costumbres de visionado de hoy es lenta y larga y en algún momento (el baile final) roza el aburrimiento (pretende describir el tedio de la farragosa vida social y lo comunica de veras al espectador).
 
Alain Delon, el ambicioso ahijado del príncipe
Se ciñe mucho a la novela e, inexplicablemente, no transmite con fidelidad las emociones que ésta crea. Los detalles externos son recreados con morosidad y, sin embargo, el pathos de los protagonistas es levemente alterado: acaso retrata con fidelidad príncipe Salina (aunque no lo presenta como un destacado científico, Visconti se fiaba más de Marx que de Veblen). Los demás, un desastre, Tancredi (Alfonso, en la película) es un pan sin sal. Cuando Lampedusa lo describe, dice: “acaso no sea posible obtener la distinción, la delicadeza, la fascinación de un muchacho como él, sin que sus mayores hayan dilapidado una docena de grandes patrimonios. Al menos en Sicilia esto es lo que sucede”, pues bien, esto en la película no aflora por ninguna parte, el guaperas de Alain Delon, no lo transmite. En cuanto al jesuita, al padre Pirrone, no es presentado como un religioso culto y despierto, sino como el cura burda y puerilmente caricaturizado, típico de las películas italianas dirigidas desde una ideología izquierdista, que aquí da para pocas delicadezas.
 
Tancredi corteja a la sensual Angélica (Claudia Cardinale)
En general, hay mucho boato, mucho figurón, una sobredosis de purpurina y gran parte de la sutileza del relato se ha perdido. Considero la película un tanto fallida. No me gusta ni la iluminación de interiores, que es muy poco natural, ni los abundantísimos y largos planos generales que pretenden emular y darle una consistencia como de pintura histórica, sacrificando a cambio el ritmo narrativo que es muy moroso. El vestuario es magnífico y las lectoras del Hola lo contemplaron arrobadas. Las escenas de acciones guerreras son de las menos convincentes de la película y, por si fuera poco, son innecesarias. Además sólo alcanza a seis de los ocho capítulos del texto que la sustenta.
 
Hay conveniencias sociales y mucho amorrr
Yo creo que el gigantesco éxito que cosechó, se cimenta en la magnífica interpretación de Burt Lancaster. Si no conoces ni el film ni el libro, decántate por el segundo, es más entretenido y todo. Y no resisto, como despedida, la tentación de transcribir dos largas citas de esta obra maestra de la narrativa del siglo XX:

Primero, la descripción de una escena de caza:

“A los pocos instantes un culito de pelos grises se movió entre las yerbas, dos tiros casi simultáneos pusieron fin a la silenciosa espera. «Arguto» depositó a los pies del príncipe un animalillo agonizante. Era un conejo: la modesta casaca de color de arcilla no había bastado para salvarlo. Horribles desgarraduras le habían lacerado el hocico y el pecho. Don Fabrizio sintió sobre sí la mirada de los grandes ojos negros que, invadidos rápidamente por un velo glauco, lo contemplaban sin reproche pero poseídos por un dolor atónito dirigido contra el orden de las cosas. Las aterciopeladas orejas estaban ya frías, las vigorosas patitas se contraían rítmicamente, símbolos supervivientes de un inútil impulso: el animal moría torturado por una ansiosa esperanza de salvación, imaginando poder todavía librarse cuando ya había sido apresado, como tantos hombres. Mientras los piadosos pulgares acariciaban el mísero hocico, el animal tuvo un postrer estremecimiento y murió. Pero don Fabrizio y don Ciccio habían tenido su pasatiempo. El primero había experimentado además del placer de matar el goce tranquilizador de compadecer.”

Un plano general de banquete
Y ahora la escena del final del baile, con la que termina la película, que no el libro:

“El baile continuó todavía durante mucho rato y dieron las seis de la mañana: todos estaban agotados y desde hacía por lo menos tres horas hubiesen querido encontrarse en la cama. Pero irse temprano era como proclamar que la fiesta había sido un fracaso, y ofender a los dueños de la casa que, los pobres, se habían tomado tantas molestias. Las caras de las señoras estaban lívidas, los trajes marchitos, las respiraciones pesadas. «Virgen santa, ¡qué cansancio!, ¡qué sueño!» Por encima de sus corbatas en desorden, las caras de los hombres eran amarillas y estaban arrugadas, y las bocas llenas de amarga saliva. Sus visitas a un cuartito reservado, al nivel del estrado de la orquesta, se hacían cada vez más frecuentes; en él estaban colocados ordenadamente una veintena de grandes orinales, llenos casi todos a aquella hora, algunos de los cuales se habían desbordado. Advirtiendo que el baile estaba a punto de terminar, los criados amodorrados no cambiaban ya las velas de las lámparas: los cabos de velas expandían por los salones una luz difusa, humosa, y de mal agüero. En la sala del buffet, vacía, había solamente platos desmantelados, copas con un dedo de vino que los camareros se bebían apresuradamente, mirando en torno suyo. La luz del alba insinuábase plebeya por las rendijas de las ventanas.”

Un plano general de baile
Esplendor y miseria.
 
 

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