jueves, 6 de noviembre de 2014

Nos Vemos En Remuñe

Hoy me toca rememorar una excursión que hice, en dos o tres ocasiones, cuando era más joven y disponía de mejor tracción y un resuello más contenido. Lo hago porque me he comprometido, más o menos, a repetirla con un amigo que me insistió en que si recuperaba algo de visión, como así ha sido, parece, le sirviera de guía por un valle que desconoce, pese a que ha transitado, infatigable por toda la bella zona ribagorzana.

Lago de Remuñe
 
Para estar en una comarca tan turística, Remuñe es un vallecito poco masificado, más bien solitario. En una ocasión, tal que un fin de semana de agosto, estaba Benasque a reventar de gente, en los campings y zonas de acampada ya no cabía un alma y, en cuanto nos echamos a andar hacia Remuñe, mi mujer y yo, nos topamos únicamente con otra persona a lo largo de toda la jornada, alguien de mi pueblo, ya es casualidad.

Valle de Remuñe
 
La relativa, llamémosla, poca atracción de este paseo, en modo alguno se debe a la falta de alicientes: agua en abundancia, cascadas y remansos, flores, marmotas, paisajes maravillosos y perspectivas de notable majestuosidad, culminan en un lago tan azul que se diría que lo han pintado. Al parecer, la ausencia de los visitantes que abarrotan la Escarpinosa, Aigualluts y otros hermosos lugares, se debe a la necesidad de caminar por un terreno incómodo que, si bien no tiene ninguna dificultad real para un excursionista dominguero (like me), es algo molesto de recorrer: pedrizas, corrientes de agua que hay que cruzar quitándose las botas, un itinerario en alguna ocasión algo incierto, cuyas indicaciones se reducen a los hitos de piedra que algún alma bondadosa se toma la molestia de apilar. Sin ser largo, resulta bastante “entretenido”.

La empinada canal accede al ibón grande
 
Al llegar a Benasque, uno sigue por la carretera en dirección al norte, una ruta que lleva a ninguna parte, pues se acaba de golpe unos doce kilómetros más arriba. Alguien tuvo la idea de que un túnel abriría una comunicación con Bagnères-de-Luchon, pero la idea no prosperó, se dice que, como de costumbre, los galos no cooperaron. Bueno pues, cien o ciento cincuenta metros antes de que la carretera se suicide, un sendero a mano izquierda se interna por un bonito pinar, luego se gana altura pasando por un imponente promontorio (Corona de Remuñe) y se accede por fin al barranco homónimo. A partir de aquí la orientación es indudable, río arriba, con la corriente a nuestra izquierda. Tras un incómodo deambular por una orilla pedregosa, empinada y con numerosos torrentes que afluyen al caudaloso barranco principal, llegamos a un bucólico rellano. Aquí a esos terrenos planos, donde un valle se abre, los llaman “pleta”. Así pues, Pleta de Remuñe, un descansito que lo peor está por venir: hay que cruzar el río y una canal obvia, con una pendiente del copón y unas piedras como autobuses, nos lleva en no más de cuatrocientos sufridos metros a un rellano superior, donde se asienta un lago de unas dos hectáreas que quedará a nuestra izquierda conforme recorramos su orilla. No me importa reiterar lo azul que es, azul ultramar, en una ladera bastante abierta.

El ibón grande...

... no cabía entero en la foto
 
A partir de aquí, podemos acceder en pocos minutos a otro lago chiquitito, apenas una piscina olímpica, éste de color verdoso y oscuro. Finalmente, continuando por un reborde, conseguimos bajar el escalón que nos separa del valle principal y completar un pequeño recorrido circular, ahora hemos accedido a una “pleta” superior, en un terreno encharcado, con un curioso covacho de piedra así, como megalítico, que nos puede servir de refugio o merendero. Se puede seguir valle arriba, pero son palabras mayores, algo ya para excursionistas de pelo en pecho… Los benjamines tiramos para abajo, y luego por donde habíamos venido. Debe costar algo así como hora y media alcanzar el ibón grande y cuatro horas completar el circuito.

El ibón pequeño, diminuto
Este paseo me gusta especialmente porque compendia los atractivos del Pirineo Central. Es como si fuera un muestrario o un “menú degustación” de las maravillas que puedes encontrar en otras excursiones más monográficas, hay un poco de todo lo más hermoso. Sentiría darle publicidad y acabar con su carácter recoleto, apartado y solitario, menos mal que no me lee ni dios.
Agua en abundancia

Ah y otra cosa: “in illo tempore” no había dado comienzo la era digital y gastaba yo unas cámaras fotográficas que hoy se negarían a vender en los bazares chinos. A ver si cuando vuelva, consigo unas fotos decentes.
 
El itinerario
 

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