miércoles, 18 de noviembre de 2015

El Paisajista Comodón

He conseguido toparme, una vez más, con otro testimonio de mi discreto pero apasionado paso por el mundo de la pintura paisajística. Tratando de dar a conocer mi, no por poco afortunada menos entusiasta labor pictórica, perpetré una exposición en Jaca y cuatro o cinco en Monzón, todas a medias con otro esforzado artista (Carlos Cardona, Enrique Pérez Tudela…), que se arriesgaba a comparecer en mi compañía en el lugar de los hechos. De las de Monzón, guardo muy buen recuerdo, particularmente de la última, en la sala Goya (hoy desaparecida y entonces situada en la Avenida de Lérida). En tal ocasión, conseguí colocar casi todos los cuadros, con el agravante de que, como ya no sabía cómo ni hacia dónde continuar, dejé prácticamente de pintar al óleo. Cezanne se quedó sin uno de sus más oscuros continuadores. Fin.

En una entrada venidera hablaré de esta última exposición, pero lo que ahora me ocupa es un par de cuadros que de ella quedaron en mi poder (y aún los tengo): uno me gustaba tanto que lo conservé para mí. El otro era tan desafortunado que no lo conseguí vender ni a los módicos precios que entonces manejaba. Ambos son lienzos de 100 x 70 cm y están basados en fotografías (bastante defectuosas) que, con una cámara de chicha y nabo (una Olympus Pen-EE 3), yo había tomado en mis paseos, con la finalidad de llevarlas al gran formato del cuadro, donde intentaría (sin mucho tino) transcribir lo que esos paisajes decantaban a modo de vibración en el fondo de mi psique ortopédica (o algo similar, no me acuerdo).

 
Uno es un paisaje de ruina urbana en Zaragoza: me pregunto por qué me atraen tanto los edificios cuya funcionalidad (y algo más) se ha menoscabado a punto de venirse a pique. Debe ser que soy un okupa espiritual.

 
El otro, del que he encontrado la foto, es una vista general de Monzón, desde un lugar ante el que se extiende una plantación de arbolitos. Le di una imprimación oscura al lienzo, ocupado en sus dos terceras partes por un cielo fantasioso y poco creíble. La factura del “skyline” de Monzón es también premiosa y poco afortunada. El cuadro se quedó sin vender y el padre de la desgraciada criatura, a estas alturas, le ha cogido mucho cariño, así que no pujéis por él… El caso es que ya no sería capaz de pintar un cuadro así. Ni de ninguna otra manera. Ni con lazarillo.

 
Y eso que ahora, para firmar y autentificar las obras, tendría un precioso sello que, con la técnica del “carving”, me ha hecho una persona por la que siento admiración y afecto: le pedí que pusiera en mi “escudo de armas” una bellota, como las de las carrascas de este lugar, que forman parte también de mi catálogo de seres vivos favoritos. En fin, aquí está.

2 comentarios:

  1. La boina de la bellota ¿es a rosca?

    luis

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  2. No, amigo, va con "Loctite", como la que yo me pongo para salvaguardar mi tonsura del relente.

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