domingo, 29 de noviembre de 2015

Locomotoras 2

Un tren eléctrico. Esa fue la ambición material que mi infancia, en la España de la estrechez material, vio eludida y quebrantada. Me tuve que contentar con uno de aquellos a los que les dabas cuerda con una llavecita y completaban tres o cuatro vueltas por una vía circular, qué le vamos a hacer, tampoco estaban tan mal. En su propia infancia, mis hijos no le hicieron puñetero el caso al tren eléctrico, adquirido por el padre con el fin de aliviar retroactivamente su frustración. Sin contar que el modelismo ferroviario y sus ansias expansionistas exigen, también hoy, un considerable desembolso de tiempo, dinero y espacio.

Mi infancia, como contaba ayer, estuvo muy próxima al tren. La línea Zaragoza-Canfranc no estaba electrificada, de modo que no comprendo por qué hoy está electrocutada, muerta y abandonada: doscientos mil zaragozanos suben a esquiar cada fin de semana, entre el próximo y el del domingo de resurrección, montando unos atascos de cristo y muy señor mío y no hay un puto tren, han sacrificado todo al AVE, que debe de ser rentable del copón (sobre todo cuando lo reflotemos entre todos los españoles por vía tributaria).
 
Bueno, si dejo de hablar del presente, dejaré de decir tacos y rememoraré cuando, en Francia, vi por primera vez una locomotora eléctrica, como la que la ilustración destripa, en un convoy que hacía casi doscientos kilómetros, entre Dax y Burdeos, en poco más de una hora. Hablo de 1964 y en mi pueblo, entonces Jaca, contar eso era como hablar de la televisión en color o de ir a la luna… En aquel adelantadísimo pais, la renfe se llamaba SNCF (Société Nationale des Chemins de Fer Français) y los trenes, en general, eran más limpios, más cómodos, más rápidos, más puntuales y más frecuentes.

 
Calla, que había por aquí un tren bastante moderno: se llamaba el TAF (Tren Automotor FIAT) y yo siempre lo vi por fuera, ya que el billete era más caro que el yogur de diamantes. En Sabiñánigo, salíamos al balcón para verlo pasar, como si fuera la Vuelta Ciclista a España. Decían los que se montaban para ir a Zaragoza que tenía hasta aire acondicionado y, en vez de tardar cinco horas, tardabas sólo tres en ir de Jaca a la Estación del Arrabal. El vértigo de viajar a una media de casi sesenta kilómetros por hora, era debido al mal trazado de la vía y a las pendientes. De hecho, entre Jaca y Canfranc, hay un túnel donde el tren entra, describe un círculo completo (mejor dicho, una espira) y sale por el mismo lugar que ha entrado, solo que algunas decenas de metros más arriba: este singular lazo, lo hace, sobre todo, para ganar altura, puesto que intentar marear a los viajeros en tren, es un tanto difícil.
 
El TAF era más pulcro que las locomotoras “de carbón”, si consideramos que las emisiones de plomo y otros regalos de los motores Diésel (no manipulados en aquel entonces) son más limpias que la alegre carbonilla de las máquinas de vapor. Los niños de ayer contemplábamos los distintos modelos de las negras máquinas con los ojos como platos, si no recuerdo mal, hasta salían en cromos y sellos…

 
Caramba, nunca pensé que, ahora que nos hemos quedado prácticamente sin servicio, en la línea de Zaragoza a Lérida, plantado en la inhóspita y absurda estación de Zaragoza Delicias, echaría de menos aquella voz metálica y casi incomprensible de los altavoces: “Treeen Ferrobús, con destino Lérida, que se encuentra estacionado en la vía 2, andén principal, va a efeztuar su salida. Tiene parada en todas las estaciones y apeaderos.”  
 
 

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