martes, 21 de mayo de 2013

Mapas Detallados De Lugares Inexistentes

Una de las tentaciones más absurdas  a las que he cedido, en mi reciente circunstancia vital, es la de adquirir un escáner (Canon LIDE), para digitalizar fotos, documentos, escritos, imágenes y recuerdos varios de algunas existencias que tuve anteriormente. Ello me ha permitido encontrarme a veces con el otro que era yo (esto lo he sacado de Jorge Luis Borges, uno de los ídolos que el politeísta que soy, adora en sus ratos libres que, por el momento, son casi todos).

 
Así me he encontrado con una sorprendente manía que animaba algunos ocios del otro que fui: trazar detallados mapas de lugares inexistentes o fantásticos. Siempre he sido muy aficionado a la cartografía: los mapas de lugares reales o imaginarios me ponían, igual que a otras personas los coches o las joyas y tengo una extensa colección de mapas embutidos en grandes cartapacios. En los últimos tiempos, la presencia de Google Earth en la red ha sido para mí como si el hada madrina de Cenicienta se me hubiera aparecido y me hubiera dicho: “pide un deseo”. Hace treinta años difícilmente hubiera podido soñar algo así.

 
Y como ahora, de unos años a esta parte, el cartografiado de mundos fantásticos se ha puesto de moda, desde la Tierra Media del Señor de los Anillos, hasta un mapa de Poniente (Westeros) que mi hijo el mediano tiene clavado en su habitación, para orientarse a través de la monumental saga de George R. R. Martin, pues me he dicho: “voy a colgar estos mapas que me han salido entre viejos papelotes, para dar testimonio de que la secta de los zumbados cuenta con un miembro senior”. Y aquí los tengo: aún me parecen bonitos,  con su realismo naïf de atlas escolar, que me recuerda el precioso poema de Rafael Alberti que, como siempre que unos versos asoman a mi memoria, me voy a dar el placer de copiar:
 
 
“La niña rosa, sentada.
Sobre su falda,
como una flor,
abierto, un atlas.
¡Cómo la miraba yo
viajar, desde mi balcón!
Su dedo, blanco velero,
desde las islas Canarias
iba a morir al mar Negro.
¡Cómo lo miraba yo
morir, desde mi balcón!.
La niña, rosa sentada.
Sobre su falda,
como una flor,
cerrado, un atlas.
Por el mar de la tarde
van las nubes llorando
rojas islas de sangre.”


En resumen, estos son algunos de los mapas que hice con lápices de colores y rotulador. Ahora que me detengo a pensar, una de sus principales carencias es la de que las ciudades, islas, montañas y ríos carecen de nombre: la inspiración no me alcanzaba para denominar los accidentes geográficos con nombres poéticos y evocadores, como hubiera hecho un gran escritor como Tolkien o Martin. Otra vez será.

 
Lo que desafiaba mi imaginación eran islas montañosas y superpobladas a la japonesa, sus ciudades portuarias, sus vías de comunicación, sus costas recortadas… Para que se comprenda el alcance del delirio, me gustaría señalar que este último mapa es un detalle ampliado de una zona del anterior. Ah, y por supuesto he leído (y disfrutado mucho) "El mapa y el territorio" de Michel Houellebecq.

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