domingo, 10 de febrero de 2013

La Pista De Hielo - Roberto Bolaño

A estas alturas no había leído aún nada del escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003). Tenía una enorme curiosidad, no sólo porque nació el mismo año que yo, sino porque las fuentes de las que habitualmente me fío, lo consideran el mejor escritor en español de los tiempos recientes. Esas mismas fuentes me habían dado a entender que se trataba de un escritor difícil, poco accesible, muy “literario”, alguien que escribía para los de su gremio y con el que los no iniciados íbamos a tener que sudar si queríamos sacar algo de su profundo sabor.

Debía yo de estar confundido, porque nada de esto me ha enturbiado el disfrute de la lectura de su primera novela “La pista de hielo”, publicada en 1993 en Planeta, aunque la que cayó en mis manos fue la edición de Anagrama de 2003.
Se trata de una novela de gran interés y originalidad, no muy extensa, ligera como la patinadora que la protagoniza y muy difícil de etiquetar o clasificar. Entre el costumbrismo veraniego en la Costa Brava y la intriga de las novelas negras o policiacas. Un libro de amor (o de amores), crónica sentimental aderezada con corrupción política, con las peripecias vitales de los inmigrantes latinoamericanos con más o menos papeles y con las andanzas de personajes más o menos marginales, que configuran una fauna de supervivientes (y perdedores) algo alucinados.
Una austera sinopsis me permitirá centrarme: la novela está contada en primera persona por tres personajes que se alternan invariablemente en la narración. Cada breve capítulo está guiado por la voz de un personaje y el orden en que éstos narran, justifican e interpretan lo que ocurre es inalterable a lo largo de toda la obra.
El primero en tomar la palabra es Remo Moran, un poeta y pequeño empresario chileno, que es, entre otras cosas, dueño del camping “Stella Maris” donde va a transcurrir buena parte de la acción. A continuación, habla Gaspar Heredia, mejicano, amigo de adolescencia del anterior, también poeta, un sin papeles que entra a trabajar en el camping como vigilante nocturno. La tercera voz del relato es la de Enric Rosquelles, catalán, ambicioso, director del Área de Servicios y motor del Ayuntamiento de Z, que es como en la novela se nombra al pueblo de la costa.
 
El detonante del drama que estalla en la narración es la luminosa belleza de Nuria Martí, patinadora artística del equipo nacional español, que no consigue renovar su beca del Comité Olímpico Nacional, al haberse hecho un poco mayor para considerar que está aún en periodo formativo. Además va a ser apartada del equipo, porque éste está en fase de renovación. Enric Rosquelles siente una tal atracción por ella, que pierde sus referencias y concibe un proyecto descabellado. En el palacio Benvingut, una vieja, ruinosa y gigantesca mansión, antigua propiedad de un indiano, y que ahora pertenece al Ayuntamiento de Z, Enric, usando su influencia en el consistorio y los fondos que puede detraer y malversar, hace construir secretamente una pista de hielo, para que la patinadora entrene y él, mientras, poder observar su diáfana hermosura. Aquí la belleza está mostrada como preludio del desastre y aunque el anhelo de Enric se colma nada más con verla y sentir que la protege, también va a enamorarse de la espléndida Nuria Remo Moran, cuyas apetencias son las propias de una pasión más terrena y carnal.
Por su parte, Gaspar Heredia, el vigilante, trabará conocimiento y amistad con dos indigentes que son expulsadas del camping por no pagar: la vieja Carmen, que canta ópera por las calles y terrazas, como forma encubierta de mendicidad y la joven y silenciosa Caridad, pasmada y esquelética, de la que Gaspar se enamorará, y que lleva un cuchillo oculto entre las ropas, en apariencia para defenderse de agresiones reales o fingidas en su ensimismamiento y alucinación. Cuando estas mujeres tienen que abandonar el camping, han de pernoctar donde buenamente pueden y acaban yendo por el palacio Benvingut.
Cuando allí ocurre, en la misma pista de hielo, un misterioso y terrible asesinato, los acontecimientos se precipitan y todos, no sólo la víctima, ven su vida o truncada o vuelta del revés y han de enfrentar cambios tan drásticos como dramáticos.
La narración está escrita en un lenguaje de una concisión deslumbrante, preciso y afilado como un patín de los que usa Nuria en la pista que da nombre a la novela. Bolaño admiraba mucho a Borges y toma de él un lenguaje pulido y desnudo de una precisión extrema, para narrar lo misterioso con un distanciamiento que nos lo aproxima y disecciona de una manera tan brutal como poética. Una prosa inconfundible de tan personal, salpicada a veces de un humor desgarrado y malévolo.
Roberto Bolaño, fumando como en casi todas sus fotos
Tengo que decir que Bolaño parece tan afilado porque está muy próximo a los temas que narra, los cuales se contaminan de un tinte inconfundible de realidad existencial, él vivía en Blanes, pueblo muy parecido a Z, él trabajó de vigilante nocturno en un camping de la costa y conocía a la perfección los ambientes de los desarraigados latinoamericanos en Cataluña, en cierto modo, pertenecía a ellos. Buena parte de su novela (y al parecer todas son así) se basa en experiencias personales de primera mano y en su aventura vital intensa y relativamente breve.
Acabaré, para irme a empezar otros libros de Bolaño, con una cita literal: “El asesino duerme mientras la víctima le toma fotografías, ¿qué les parece?”   

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